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LOS OTROS DÍAS

ALFREDO CONDE

La regulación de la eutanasia

07.04.2019 
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CUALQUIERA diría que la Ley de Tráfico obligase a un topetazo entre quienes circulan en automóvil por las carreteras de nuestro país puesto que son muchos los que hacen pensar -así parece indicarlo su comportamiento colectivo- que la tan esperada ley de regulación de la eutanasia pudiera obligar a despachar, sin más, a todos los enfermos terminales que pueblan hospitales y residencias, casas particulares y asilos de ancianos desamparados. Dicho de otro modo: la oposición frontal de algunos a la existencia de esa ley puede inducir a pensar que su aplicación, la de la eutanasia, fuese obligatoria.

Es lícito y recomendable que, de acuerdo con sus creencias religiosas o con su ética personal, un ser humano acepte sus sufrimientos finales hasta la extenuación o hasta la llegada del último suspiro. Pero no lo es en absoluto que esa creencias o que esa ética le sean impuestas a quienes no las profesen.

Qué pecado colectivo es el que nos induce, como colectividad, a imponer nuestras creencias a los demás es algo que se puede suponer, pero que es de difícil definición. Es difícl de aceptar la obligatoriedad de un pensamiento no compartido, de un comportamiento determinado por la voluntad de los unos sobre los otros. Todos tenemos en nuestro haber amores juveniles que no se consolidaron. Uno de los míos se casó posteriormente con un médico de profundas y respetables creencias religiosas. Llegada la madurez de su matrimonio ella murió de cáncer. Lo hizo en medio de grandes sufrimientos a instancias e imposición de su marido que se negaba a administrarle la medicación que paliase sus dolores bajo el razonamiento de que debería ofrecerlos a Dios para que la llevase directamente al cielo.

Cuando el hermano de la ya difunta me comentaba estos extremos, poseído por una indignación y por un enorme sentimiento de compasión hacia la fallecida, escuché en silencio mientras recordaba que esa no era, precisamente la convicción religiosa que ella había profesado, la suya era una religión más compasiva. Su Dios daba el dolor, pero también proporcionaba la inteligencia para mitigarlo y la compasión para, en última instancia, eliminarlo cuándo la vida es ya una insoportable condena. Es necesario respetar la libertad de conciencia individual, la de todos, la de los que deciden soportar su drama y la de los que optan por darle fin. Los accidentes de tráfico no son obligatorios, la eutanasia o el aborto no obligan a nadie a su práctica, tan solo regulan alguna circulación vital plagada de accidentes indeseables. Y la solución no es ir a abortar fuera.

ESCRITOR, PREMIO NADAL Y NACIONAL DE LITERATURA