El Correo Gallego

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XOSÉ A. PEROZO

Las riquezas de la Iglesia

16.09.2018 
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TENGO para mí que, como propuso Arrio en el siglo III, Jesucristo no era Dios. Debió de ser un simple enviado del Padre, ese dios poderoso, presente y ausente al mismo tiempo, que gobierna sobre todas las creencias y deja a las criaturas humanas hacer cuantas barbaridades le vienen al magín. El arrianismo predicaba que Cristo procedía de la divinidad pero no lo era en sí y, quizás por ello, aparece en los Evangelios, tanto en los canónicos como en los apócrifos, como un personaje humano bien intencionado, practicante del buenismo inmaculado, capaz de coger el látigo y expulsar a los mercaderes del templo. Un individuo al que, de haber sido divino, le habría podido más la fuerza de la deidad que los gestos terrenales. Y, solo con su palabra, sin necesidad de más sacrificios, habría cambiado la condición humana.

Es por ello que muchos días me despierto esperando escuchar y ver en las noticias como Jesucristo, con una impecable imagen de ejecutivo agresivo, recorre arzobispados y obispados cancelando profanas cuentas corrientes, poniendo al día los impuestos que la Iglesia no paga por sus templos, casas de cristiandad, monasterios arrendados para hoteles, hipódromos, pisos de alquiler, ermitas abandonadas e iglesias olvidadas, consagradas al silencio y a la serenidad de las lagartijas. Y lo veríamos tirar por una ventana todas las acciones de bancos, multinacionales y empresas de comunicación, suscritas por los prelados gracias al dinero de las limosnas y de la solidaridad cristiana.

Estoy seguro de que ese Jesucristo de la noticia imposible, en lugar de salir a pedir con el cepillo dominical, se habría dedicado a repartir, entre los más damnificados de la crisis, los beneficios de las ventas de parcelas, locales y propiedades no dedicadas al culto. Para los desahuciados por los bancos habría abierto esos cientos de pisos en propiedad donde las telarañas rezan oraciones de soledad y desesperanza. Y se habría avergonzado de la avaricia con que la Iglesia ha actuado desde el edicto de Tesalónica, con el que Teodosio I convirtió el catolicismo en la religión del Imperio, acumulando vienes terrenales para un reino que el propio Jesús no consideraba de este mundo.

Y estoy seguro de que ese ejecutivo casi divino, enviado de nuevo por el Padre -o actuando a escondidas para que, como sucedió en el Gólgota, no lo volviera a abandonar-, habría cogido la oscura lista de todas los bienes inmatriculados por la Iglesia española desde 1946, aprovechando un decreto de Franco y recientemente una argucia de Aznar, y los habría devuelto al dominio público. Porque los pueblos, practicantes eternos de crédula generosidad, han sido los verdaderos artífices del inmenso poder material atesorado por la Iglesia católica en España.

A ese Cristo reenviado le costaría aceptar la rapacidad y oscurantismo económico del clero moderno, capaz de apropiarse sin rubor de una mezquita, de plazas, de fuentes públicas, de puentes, de miles de pertenencias... levantando un simbólico gran monumento al espíritu del míster Scrooge de Dickens, sin ninguna esperanza de rehabilitación navideña. Veríamos a un Jesús hábil para hacer pasar un camello por el ojo de una aguja pero incapaz de conseguir un sitio para la Conferencia Episcopal en el reino de los cielos.

Periodista