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tu ne cede malis

SANTIAGO CALVO LÓPEZ

La política y las instituciones

11.02.2019 
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LOS políticos son el segundo problema de España, solo después del paro -algo lógico, con una tasa de paro del 14,5 por ciento-, y no lo digo yo, sino que mes tras mes, el denostado barómetro del CIS arroja los datos relativos a una preocupación alarmante sobre la situación política en nuestro país, y en donde la polarización de los dos bloques no ayuda a calmar una tensión que va in crescendo conforme se acercan momentos clave, como la aprobación o no de los presupuestos, el juicio a los políticos presos o una desaceleración económica que ya se asume como inevitable.

De manera acertada, hace unos días escribía Fernández Albertos en El País que esta desafección nos hace ser cada vez más vigilantes de la clase política, siendo, a veces, excesivamente rigurosos con su pasado, generalmente alejado de la vida pública, y con su presente, cuando ya ostentan un cargo político.

Cuando se estudia el comportamiento de los políticos, se tienden a asumir dos hipótesis: o bien son benevolentes y lo que tratan de buscar es el máximo bienestar posible para los ciudadanos -si esto es posible-, o bien tratan de maximizar su propio bienestar -por ejemplo, mantenerse en el cargo el máximo tiempo posible-. Mi visión es que posiblemente, en España, como en cualquier otro país del mundo desarrollado y democrático -es decir, en donde el poder esté distribuido entre la población de algún modo-, existe una combinación de ambas teorías.

Existen políticos que entran en la política de manera desinteresada, solo con el objetivo de maximizar el bienestar de los ciudadanos, pudiéndose equivocar o acertar; y también existen aquellos que solo velan por su propio interés, a costa del bienestar de todos, y que acaban por generar una desconfianza desproporcionada entre toda la clase política -benevolentes y no benevolentes-.

Es un problema de riesgo moral de manual, esto es, si un político se comporta mal para obtener algún tipo de rédito, este logrará, con una mayor probabilidad, unos pingües beneficios, mientras que el desprestigio y los costes asociados a tal comportamiento se diluyen entre todos sus compañeros de profesión.

Y lógicamente, es normal que nos sintamos en la obligación moral de vigilar a cualquiera que entre en la política, aunque realmente los políticos no son más que personas de carne y hueso, con los mismos deseos y angustias de una persona normal que trabaja en el sector privado -vamos, que no son extraterrestres-, es decir, que la política, no es sino el reflejo de la sociedad.

Sin embargo, en la mayor parte de los acontecimientos que se suceden en la vida pública hay luz y taquígrafos, en cambio, el sector privado tiende a garantizar el anonimato. Aunque el comportamiento es similar en ambos casos, el escarnio público y la inversión de la carga de la prueba provoca que muchos grandes profesionales del sector privado no se atrevan a dar el paso a la política.

¿Cómo solucionar esta desafección? La clave está en las instituciones, que cuanto más inclusivas sean, más confianza generan en la población, es decir, se trata de atar a Leviatán para que el comportamiento de unos pocos no perjudique al resto. Unas normas claras y rígidas que solo se puedan cambiar con grandes consensos, al mismo tiempo que los individuos gocen de una gran libertad en al que ningún político se pueda entrometer. El problema es que para lograr esto hace falta consensos y comportamientos responsables, y puede que muchos de los políticos lo sepan, pero no como hacerlo y salir elegidos de nuevo en las elecciones. Hace falta un poco de valentía.

Economista