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TRIBUNA LIBRE

SANTIAGO LAGO PEÑAS

Compostela y el turismo

22.07.2019 
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COMO economista, entiendo y aprecio el valor del turismo: flujos de visitantes que suponen actividad económica. Sin embargo, la relación no es lineal ni homogénea. Cuando los movimientos turísticos son muy bajos, todo es beneficio al aumentar. Las localidades visitadas se arreglan para recibir, aparecen servicios antes inexistentes. Si, además, el destino no cuenta con otras fuentes significativas de riqueza y se encuentra económicamente deprimido, ese impulso al turismo puede ser la solución al despoblamiento y el abandono.

La situación cambia cuando hablamos de espacios que ya están recibiendo fuertes oleadas de visitantes, que cuentan con otras actividades económicas alternativas y que no afrontan ningún riesgo de abandono. Santiago de Compostela está en esta situación.

Voy a ser directo. Creo que se nos ha ido de las manos. Sé que mi opinión no es compartida por todos; y lo respeto, como no podía ser de otra manera.

A mi juicio, las cosas hay que analizarlas desde la perspectiva de los ciudadanos residentes, que pagan sus impuestos y hacen su vida cotidiana en la ciudad. Es su bienestar lo que debe dictar si hay que seguir promocionando el turismo masivo y celebrando cifras de visitantes siempre crecientes, si debemos seguir admitiendo que la zona vieja se convierta en un espacio vulgarizado en su actividad comercial y cultural, en su estética y en la convivencia; un espacio poblado por no lugares, por cadenas de restaurantes y cafeterías que no se diferencian nada de lo que uno se puede encontrar en otros países y continentes.

Y si me permiten la disquisición, es también el bienestar de los ciudadanos lo que debe prevalecer cuando a alguien se le ocurre un disparate como montar una gasolinera en medio de una urbanización como la de Brandía. No creo que necesitemos más gasolineras en Santiago; pero, de precisarlas, se me ocurren muchos otros emplazamientos más razonables.

La experiencia de otras ciudades debería ponernos en alerta ante los riesgos del turismo de masas. No es imposible hacerlo de otra manera. Pero hace falta modelo y voluntad política, discusión ciudadana sobre el Santiago que queremos los compostelanos.

No sé cuántos somos, pero sé que no soy el único que tiene sentimiento de una suerte de expropiación de la maravillosa ciudad vieja que vivimos en los años noventa y primeros años de este siglo. A lo mejor es solo un efecto melancólico de ir cumpliendo años. A lo peor, es que de verdad nos estamos equivocando y estamos haciendo una apuesta que pone en entredicho nuestra esencia y la fantástica labor de rehabilitación que se hizo en Compostela en los años ochenta y noventa del siglo pasado.

Pero no solo eso. Es posible que también estemos sacrificando el turismo de dentro de diez o quince años, cuando esta ola de turismo febril que nos envuelve y observamos por doquier dé paso a uno más selectivo, que haga realmente rentable en lo económico y lo social los espacios que han preservado esencia y espíritu.

Catedrático de Economía Aplicada