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tribuna libre

PEDRO FERRÁNDEZ RIVERA

Santiago, souvenir (II)

20.10.2019 
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¿Cómo construir sobre lo viejo sin convertir la ciudad en un escenario teatral, donde los trozos de madera se convierten en artículos carísimos con solo llevar una inscripción o una frase, "tenga usted un buen día" (en inglés, por supuesto, "have a nice day"), que a fuerza de hacerse serial se vacía de contenido? Por lo que se ve, los políticos se han quedado sin imaginación. Lo primero que hacen es dinero para las arcas a costa de encarecer el centro o de vendérselo a multinacionales.

El claustro de Fonseca es ya una tienda de autobombo universitario y ya no tiene ninguna huella de ninguna revuelta estudiantil, ni de ningún encierro y por lo tanto de ningún sueño. Mientras, los recortes universitarios se agudizan en detrimento de la cultura de la ciudad. Para soñar hay que tener raíces, estar plantado en alguna parte. Qué decir de los bares, de los restaurantes.

El dinero destierra el cariño, el roce. Los turistas ocupan la ciudad, no la habitan. La ocupan durante un período de tiempo que podemos llamar selfie. En el tiempo selfie no se da la oportunidad de conocer a nadie. El turista no soporta el vacío, ni el anonimato, para algo viaja, para ser alguien.

Es verdad que la hospitalidad se ha mercantilizado (1), el viajar ha sido arrebatado y paralizado por una red de hoteles infinita con sus actividades de ocio reguladas, también infinitas y sobre todo seguras.

Solo hay que ver inscritas las mismas frases vacías a todas las ciudades donde uno va. El turismo ha cortocircuitado el lenguaje, lo ha vuelto ocioso o simplemente divertido. Al ocio se corresponden los best-sellers, libros para pasar el rato. La vida es demasiado corta para leer un mal libro, decía Joyce.

Turistear: la veda de la diversión se ha abierto. Últimas noticias en Benidorm, viejos ingleses se montan orgías de sexo y alcohol, o en Magaluf, donde jóvenes ingleses hacen balconing y entran en coma etílico en una forma de diversión que muchas veces acaba con sus propias vidas. En su país no lo harían. La quiebra de la gran agencia de viajes británica, Thomas Cook, ¿nos librará de esto?

La mochila es el verdadero envase de este turista que pretende viajar tan ligero porque en ninguna parte quiere, ni puede tener casa. Trabajo precario, viajar precario, low cost, para que todo sea masivo. Es el síndrome Ryanair, "nosotros hemos democratizado el viaje". Sí, a costa de tratarnos como rebaños nos llevan de un lado a otro. ¿Cuánto pagan las ciudades a las aerolíneas para que aterricen allí y traigan turistas?

Ellas se han hecho dueñas del tránsito, bonita palabra, no se camina para olvidarse de sí mismo, se camina, se transita, porque no se es nadie. En las ciudades que visita, el turista se siente importante, él lleva el dinero, se siente una industria necesaria, una industria rodante, está en misión de "conocer". Es la "tormenta perfecta" y él es el protagonista.

Hace años se oía a algunos amigos viajeros: "Venecia estaba llena de gente". El 11 de noviembre de 2012 una sillas flotaban por la crecida de la laguna. Era la primera ciudad infectada por el turismo. Un arquitecto lo resumía en una frase: "es demasiado tarde, ya está tomada por el turismo". La sepsis se había generalizado y la ciudad estaba en coma. Hoy esa infección se ha generalizado a todo el planeta. Como una especie de Magaluf universal, una especie de nueva Sodoma y Gomorra, las ciudades sucumben ante este nuevo ente viajero, masivo y devorador de todo lo que no sea soledad, dispuesto a que no quede ningún lugar vacío. A la vez todo lo encarecen y lo expropian manejados por la gran industria turística que nos ha vendido este modelo de crecimiento.

Daniel Verdú afirma sobre Venecia: "La catástrofe llama a distintas puertas de la ciudad. La jibarización del espacio público y la guerra que los vecinos mantienen con el Ayuntamiento para alejar los grandes cruceros de la laguna (...) tiene una vertiente evidente medioambiental". "Venecia es una metáfora de los tiempos autodestructivos".

El turismo es la nueva ocupación zombi, caminar sin ver, sin hacerse preguntas, sin sentirse nunca más extranjero, como si todas las preguntas estuvieran ya respondidas. Bienvenidos al reino de las pastillas. ¿No tuvimos la sensación de que por mucho que viviésemos, todos los centros de las ciudades se parecen? Ya que el viaje no nos cura, nos curarán las drogas y el alcohol, o nuestra propia destrucción.

Nuestra intimidad se ha hecho productiva, transparente, mientras los estudiantes y cualquiera que no sea un turista dispuesto a pagar sus ahorros, están relegados cada vez más al extrarradio acosados por las inmobiliarias que encarecen los precios de los pisos y sus fianzas.