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al sur

MARIO CLAVELL

Entre el silencio y el ruido

14.08.2019 
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VIAJO en bus y el conductor coloca la música que a él le place, ratonera para mi gusto, y la soporto; a los otros viajeros les da igual, con sendos auriculares en sus orejas. Son fiestas en mi ciudad ocasional y la megafonía de los grupos que las amenizan anestesian la melodía y queda solo el chunta chunta del batería. El resultado hiere más que agrada. Unos amigos amantes del jazz escaparon de una sesión al aire libre por un volumen atorrante.

La civilización que compartimos es ruidosa en exceso para mis oídos y para mi alma. La Naturaleza es sonora no siempre armónica, pero tampoco agresiva. Me despiertan las gaviotas mañaneras de Pontevedra y acepto, molesto y resignado, ese escenario acústico.

Un peregrino que camina a Santiago goza del sonido de sus pasos y del ronroneo de sus pensamientos, sin Spotify ni música ambiental. Es el suyo un silencio sonoro. John Rafferty es peregrino inglés que goza de momentos de profunda reflexión. Y de otros sin pensar en nada, un lavado de cerebro en el mejor sentido, 'disfrutando de caminar solo y luego reunirme con mi compañero para trazar el camino a seguir'.

Hace décadas preguntaba a mis alumnos sin trabajaban con música. Ahora lo prohibiría. La desaconsejan la atención que requiere el estudio o cualquier actividad creativa. Inimaginable Beethoven componiendo Para Elisa con Deep Purple, o García Lorca escribiendo sonetos con Bee Gees tras la oreja. Hay silencios beocios por erráticos. Pero una música ambiental a toda hora aliena y pone tonto.

Debemos educar la mente e introducir en ella un agente de circulación que saque del carril pensamientos banales y memorias rencorosas. Una mente adobada en un silencio creador que alimente intuiciones que apunten propósitos, reflexiones que conduzcan a soluciones.

Profesor de instituto