El Correo Gallego

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EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO(*)

Soldados y ciudadanos

09.12.2018 
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Comenzaba I. Kant su libro La paz perpetua con una pequeña ironía diciendo que había leído esa inscripción en la puerta de un cementerio, lo cual no dejaba de tener su gracia en un libro que estaba dedicado al tema de la paz y de la guerra. Creía Kant que ningún ciudadano, es decir, ningún ser racional capaz de pensar y de tener sentimientos morales, podía desear la guerra por sí misma. Es más, pensó que quizás en el futuro las guerras llegarían a desaparecer si se estableciese una especie de gobierno mundial en ese nuevo siglo XIX que estaba comenzando, lo que por desgracia sabemos que no ocurrió.

Kant vivió en la ciudad prusiana de Königsberg, un importante puerto situado en la costa del mar Báltico y una ciudad cosmopolita, en la que convivían las poblaciones alemana, rusa y polaca. El reino de Prusia fue el primero de los grandes estados alemanes y se hizo famoso por la capacidad militar y la disciplina de su Ejército, creado por el rey Federico, que había contratado como asesor a Voltaire. Este rey, llamado el 'rey sargento' por su amor a los temas militares, sabía que la guerra no era un fin en sí mismo, y por eso dijo una vez que con las bayonetas se podía hacer de todo, excepto sentarse en ellas. Quizás no sea una casualidad que en ese mismo reino y en la época en que vivió Kant, el general prusiano Von Clausewitz escribiese el libro De la guerra, el primer gran tratado moderno de estrategia y teoría de la guerra, que por cierto, fue siempre un libro de cabecera para F. Engels, el más fiel compañero de Marx en su vida y en su obra.

Clausewitz decía que la guerra era la continuación de la política por otros medios, o lo que es lo mismo, que una guerra se hace para conseguir un objetivo de la forma más rápida posible, y que una vez conseguido la guerra deja de tener sentido y hay que volver a la paz. Ninguna persona decente puede querer la guerra por sí misma, como saben los buenos militares. La guerra por la guerra solo le puede gustar a los sádicos desalmados, que los hay, y a quienes desean lograr en ellas grandes réditos económicos o promocionarse a costa de cualquier cosa en sus carreras políticas y militares.

Kant vivió el paso de la guerra conducida por los Ejércitos profesionales, como los que hay ahora, al Ejército ciudadano o el Ejército nacional, creado por la Revolución Francesa cuando estableció el reclutamiento universal obligatorio. Gracias a él se creyó que los Ejércitos y la guerra dejarían de ser juguetes en manos de los reyes y pasarían a formar parte de la vida de las naciones, lo que contribuiría a limitarlas, porque aquellos que predican la guerra tendrían que combatir en ella como soldados ciudadanos.

La ciudadanía y la guerra de hecho nacieron íntimamente unidas en la historia de los griegos y los romanos. En Atenas, por ejemplo, cuando se lograba la mayoría de edad a los 18 años se pasaba a formar parte del Ejército, y así se continuaba hasta la edad de los 60. Y los mismo ocurrió en algunas de las etapas de la historia romana. No se podía ejercer el derecho ciudadano al voto y al ejercicio de los cargos de gobierno si no se era a la vez soldado. Y esa era una de las razones por las que se pensaba que las mujeres no podía ser ciudadanas, porque estaba en contra de su naturaleza el combate armado. El prejuicio estaba tan asentado que el sabio Aristóteles llegó a decir en un tratado de zoología que las avispas tenían que ser machos porque manejaban un arma: su aguijón.

Cuando en el mundo antiguo las ciudades y los reyes comenzaron a reclutar mercenarios, las guerras se hicieron más violentas y generalizadas, y cada vez más se vieron como un medio para lograr riqueza mediante el reparto del botín, la venta de esclavos y la conquista de territorios de otros pueblos con el fin de colonizarlos. Así fue como Alejandro Magno extendió sus conquistas hasta la India y como Roma creó un imperio mundial basado en un imponente Ejército profesional; un imperio que se descompuso cuando ese Ejército fue progresivamente copado por los mercenarios bárbaros. Y es que en realidad quien tuvo siempre la llave del poder político en Roma fue el Ejército profesional.

Vivimos en un mundo de Ejércitos profesionales, tanto por su modo de reclutamiento mediante contratos, como por la necesidad que se deriva de la creciente complejidad técnica de las armas y los equipos. Tenemos la idea de que esos Ejércitos deben garantizar nuestra seguridad del mismo modo que los médicos deben garantizarnos la salud. Y además casi todo el mundo piensa que la guerra y el Ejército son algo que se debería suprimir, lo que es tan deseable como imposible. Y es que la guerra es una parte del mal, porque causa muertes y destrucción moral y material, como es parte del mal la delincuencia, la enfermedad, la explotación económica y la desigualdad de todas clases.

El mal existe en sí mismo, lo queramos o no, y lo que debemos hacer es evitarlo o regularlo y ponerle freno, y por eso, de la misma manera que no van a desaparecer los crímenes, la Policía y los jueces, tampoco es pensable que la guerra pueda tener un fin. Engels, otro apasionado de las cuestiones militares, creyó que con la aparición del fusil de repetición desaparecería la guerra, porque ningún Ejército podría soportar el número de bajas de batallas libradas con fusiles recargables de cinco cartuchos. No fue así, luego vino a ametralladora, se mejoró la artillería y el progreso del nuestra capacidad de destruirnos creció casi hasta el infinito. Se soportaron los 20 millones de muertos de la Primera Guerra Mundial y los 60 de la Segunda, y todos los otros millones que vinieron después.

Al final se pensó que la guerra desaparecería con las armas nucleares porque garantizaban la "destrucción mutua" de los contendientes, con lo que la guerra no podría generar ningún beneficio a nadie, quedando esas armas solo como disuasión. Y también se pensó que una guerra con grandes batallas como la Segunda Guerra Mundial ya no es posible, porque la capacidad de destrucción de Ejércitos blindados apoyados por la aviación haría que se destruyesen entre sí en cuestión de horas. Y es por eso que se están reformando los Ejércitos orientándose a tipos de guerra más complejas: financieras, económicas, informáticas, dejando el uso de las armas, incluidas las nucleares, como recurso final.

En este mundo la guerra pasa a ser tan opaca e incontrolable por los ciudadanos, como incontrolables son los mercados financieros y la política y la economía globalizadas. Y por esa razón dejar la guerra en manos de profesionales en un mundo injusto, desigual, en el que la información es patrimonio de los que crean la realidad cada día informando y desinformando a la vez puede que no tenga mucho sentido. Y es que quienes manejan todos los resortes del poder económico, industrial y militar, carecen por lo general de sentimientos y principios morales, siendo capaces de manipularlo todo, incluyendo los votos de los ciudadanos de buena voluntad que ven el mundo desde su ordenador.

Cuando en guerras c­omo las de Vietnam o Afganistán las superpotencias tienen que recurrir al reclutamiento forzoso, la llegada muertos y heridos a sus lugares de origen suele acabar por movilizar a las familias y la opinión pública. Es verdad que en Vietnam solo combatió en primera línea uno de cada tres soldados, que no murieron mandos de coronel para arriba, que hubo grandes privilegiados en la retaguardia, pero también lo es que muchos oficiales fueron asesinados por sus soldados, que desertaron muchos soldados y que la brutalidad del combate cuerpo o cuerpo en un país extraño, y la corrupción económica del gobierno y Ejército de Vietnam del Sur hundieron la moral y el prestigio del Ejército americano y obligaron a los EE UU a negociar la paz.

Si esa guerra, como las de Irak y Afganistán, hubiese sido librada por un Ejército profesional con soldados hispanos, "hombres de color" y la llamada "basura blanca" se hubiese podido prolongar mucho más tiempo. La sociedad norteamericana se conformaría diciendo que lo hacían por dinero y que el problema era solo suyo. Todo lo contrario del ideal del soldado ciudadano, que en su momento supo integrar la política y ese lado oscuro de ella que es la guerra, y hacer mucho más difícil que castas militares diesen golpes de estado, como ocurrió cuando el Ejército popular de la II República española frenó a los alzados en armas por tres años.

(*) El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago