El Correo Gallego

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EL SONIDO DEL SILENCIO

JOSÉ CARLOS BERMEJO(*)

Tierra y patria

16.09.2018 
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VIVIMOS INMERSOS EN UN MUNDO DE METÁFORAS. Una metáfora es una comparación entre dos cosas aparentemente diferentes que nos permite expresar algo que no sabríamos decir de otro modo. Las metáforas son también esenciales porque ponen en movimiento nuestros resortes emocionales. Pensemos en lo que significa la madre patria, por ejemplo. Las metáforas que describen nuestras vidas se centran muchas veces en el tiempo y el movimiento: nuestras vidas son ríos que van al mar, la vejez es el otoño de la vida, y la vida se nos escapa de las manos como cae la arena de un reloj, etc.

De la misma manera que en las metáforas, en la historia de la filosofía podemos ver cómo los grandes filósofos han asociado al hombre al tiempo, desde San Agustín hasta Heidegger, Sartre y Ortega y Gasset. Utilizaba Ortega la metáfora del arquero para describir la tensión que es nuestra vida y nuestro tiempo vital. Estamos vivos mientras mantengamos el arco tensado y apuntando con la flecha hacia el futuro, y es que el tiempo es básicamente eso: futuro y pasado, recuerdo y deseo.

 

PERO LA VIDA HUMANA, ADEMÁS DE DESARROLLARSE en el tiempo, también se despliega en el espacio, que genera gran cantidad de metáforas y es el tema de estudio de distintas ciencias. Estamos orientados, dicen los neurólogos, cuando sabemos quiénes somos y nos acordamos de nuestro pasado inmediato y cuando sabemos en qué lugar estamos. Perdemos esas referencias cuando padecemos enfermedades neurológicas y mentales.

Nuestro espacio más inmediato es nuestro entorno doméstico, ya sea el de una choza y una aldea o el de un palacio o una ciudad. Nos apropiamos del espacio ordenando en él nuestras cosas y adaptándolo a nuestras costumbres de tal modo que ese espacio pasa a ser parte de nosotros mismos y de nuestras personas más próximas.

 

MI CASA ES MI CASA PORQUE ES MI HOGAR, mi habitación es mi habitación y puedo sentirme agredido si alguien quiere quitármela o desordenarla. Nuestra casa y nuestro entorno son parte de nosotros mismos y por eso nos identificamos con un lugar: una aldea, una ciudad o una región cuando la conocemos, porque sabemos orientarnos en ella y movernos a gusto para satisfacer nuestras necesidades.

Los seres humanos somos animales sociales y por esa razón cuando hablamos del espacio tenemos que hablar de espacios vividos y compartidos por los grupos y asociados a la identidad de las familias, las aldeas y los pueblos. Vivimos en un espacio físico, en un medio del que dependemos para obtener todos los recursos necesarios para nuestras vidas, y a ese medio los geógrafos lo han llamado paisaje, siendo una rama de la geografía, la geografía humana, la ciencia del paisaje: una ciencia que busca las interacciones entre todos los sistemas, geológicos, climáticos, ecológicos, económicos y sociales, de los que depende la vida de un grupo o un pueblo, en un frágil equilibrio entre el medio y la sociedad.

 

EN LA GRECIA ANTIGUA EL GRAN FILÓSOFO POSIDONIO de Apamea creó la teoría del determinismo geográfico. Según él la Tierra se dividía en diferentes climas, o franjas, según lo que nosotros llamamos la latitud. El centro de la Tierra sería el Mediterráneo, al que Platón definió como un gran charco en el que vivimos esas ranas que somos los hombres. Solo en el Mediterráneo es posible la vida civilizada porque su clima es templado. Si nos desplazamos hacia el norte o el sur, hacia los climas fríos o tórridos, nos encontraremos con pueblos poco civilizados porque el calor, por ejemplo, les lleva a la vagancia, la cobardía y a la sumisión política, a la vez que los hace caer en los vicios asociados a la bebida y al sexo. En los climas nórdicos, por el contrario, como predomina el frío, la gente sería excesivamente violenta en la guerra, ingobernable e irracional.

 

El MUNDO CIVILIZADO ES EL MUNDO CUYO CLIMA permite los tres cultivos que definen la civilización: el trigo, el olivo y la viña, base de la dieta civilizada. Hay una estrecha relación entre clima, dieta y salud psicológica y mental, entre los aires, las aguas y los lugares, como decía un texto hipocrático. Y esa interrelación permite clasificar a los pueblos como civilizados o salvajes, según los casos, dando así un fundamento científico a lo que podríamos llamar una especie de racismo. Así lo hizo el geógrafo Estrabón en el siglo I de nuestra era cuando consideró a los habitantes del norte de Hispania, a los que llamó "montañeses", y entre los que estarían los galaicos, como poco civilizados a causa de su clima defendiendo que su conquista por Roma era su único camino hacia la civilización.

 

LA GEOGRAFÍA HUMANA ESTUDIA LA INTERRELACIÓN entre el hombre y el medio y los diferentes tipos de paisajes. Pero la geografía puede pervertirse y convertirse en ideología política cuando se utiliza como fundamento del racismo, como elemento que define la identidad de una nación y como justificación de la necesidad de expansión de un pueblo superior a costa del territorio de otros pueblos inferiores. Esa fue por ejemplo la supuesta ciencia de la "geopolítica" de K. Haushöfer, que pedía la conquista de los países del Este y Rusia como lebensraum, como espacio vital del pueblo alemán, o las geografías que justificaron la colonización europea del Oriente Medio y el reparto de África.

 

UN TERRITORIO NO ES UN DESTINO y el paisaje no lo determina todo, y sobre todo un paisaje no es una entidad política. Un paisaje no es una nación, aunque los nacionalismos más radicales se hayan empeñado en ello. Una cosa es un paisaje y otra la construcción simbólica de la identidad nacional a través de un paisaje estereotipado, como fue el de los nacionalismos europeos y el del nazismo, buscador de especies animales arias, de paisajes arios y de la patria originaria de su raza superior a través de la arqueología.

Los historiadores, los historiadores del arte y la literatura, e incluso los filósofos han escrito extraordinarios libros sobre el simbolismo de los paisajes y sus manipulaciones políticas.

 

TODOS SABEMOS COMO EL NACIONALISMO ESPAÑOL identificó a Castilla y el paisaje castellano con España, siendo responsable de lo que dijo Ortega: "Castilla ha hecho a España y Castilla la ha deshecho". Y del mismo modo podemos ver cómo el nacionalismo vasco se imaginó un paisaje euskaldún, el nacionalismo catalán otro y como en el nacionalismo gallego Otero Pedrayo quiso explicar a Galicia por su paisaje, imitando todos ellos el modelo nacionalista en unos contextos nuevos.

Esto no solo ha ocurrido en España, sino que es común a todo Europa: polacos, franceses, alemanes, ingleses, escoceses, irlandeses o suizos han construido sus paisajes nacionales. Esos paisajes son casi siempre una simplificación porque las fronteras de un país no son solo el resultado de la geografía, sino de la historia, o de tratados y repartos coloniales y de la descolonización, creando monstruos geográficos como Libia, Líbano, Irak y muchos países africanos, con fronteras trazadas a tiralíneas que dividieron pueblos y culturas y generaron guerras aún vivas, y víctimas como el millón de muertos y los veinte millones de desplazados a causa de la partición de la India y Pakistán.

 

EN LA POLÍTICA, LA FILOSOFÍA, LA HISTORIA, O EN LAS RELIGIONES y la vida social y cultural pocas cosas hay más peligrosas que el esencialismo. El esencialismo es el fanatismo de las ideas, es la simplificación que permite excitar las pasiones del odio entre los grupos mediante lemas sumamente sencillos, repetitivos e impuestos a base de silenciar todo aquello que los contradice. Y junto al esencialismo religioso, filosófico, cultural, lingüístico y político está el fanatismo del paisaje y de sus ideólogos que, al no poder ya recurrir a las razas, intentan lograr una supuesta base científica que sirva de justificación de las ideologías excluyentes.

 

LOS PAISAJES NACIONALES, UNIDOS A LENGUAS nacionales, culturas y formas de organización económica y social exclusivas no son una realidad geográfica, sino solo una burda manipulación política que unida a las metáforas más profundas como las de la tierra y la patria madres, la de la violación del fronteras y el territorio nacional, la de la asociación de la sangre, la tierra, la memoria y el grupo han servido y sirven como mecanismos de movilización para lo más sublime, y también lo más mezquino.

 

*El autor es catedrático de Historia Antigua de la Universidade de Santiago