El Correo Gallego

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POLÍTICAS DE BABEL

JOSÉ MANUEL ESTÉVEZ-SAÁ

Todos médicos y abogados

01.07.2019 
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A muchos les sorprenderá el número de portadas que acaparó el joven que, habiendo obtenido una calificación de 14, esto es, la máxima nota tras la Selectividad, expresó su intención de convertirse en dramaturgo. Se trataba, según él, de un proyecto vital que deseaba anteponer a cursar una carrera universitaria de ciencias; idea que no descartaba, pero que no consideraba su prioridad. Me pregunto cuántos, asombrados, se habrán rasgado las vestiduras, y pedido al Santo de su devoción que a sus hijos e hijas no les dé por ahí. ¡Qué horror!

La incomprensión se percibe incluso en el tono de quienes lo pudieron entrevistar. Y es que ahora que se conocen las notas medias, muchos de los jóvenes que han de enfrentarse a la ya de por sí difícil tesitura de escoger carrera, han de luchar, además, contra las expectativas de sus progenitores. Y aunque se espera de ellos que atiendan a su vocación y a las salidas que les ofrece el mercado laboral, nuestros jóvenes deben afrontar, también, esas presiones familiares que complican aún más su decisión.

Es fácil comprobar cómo muchos padres y madres desean ver cumplidos en sus hijos aquellos logros que ellos no consiguieron alcanzar; cómo progenitores exitosos quieren que sus descendientes perpetúen su nombre y su legado profesional; y cómo otros influyen para que cursen estudios que, en su (des)informada opinión, entienden que les proporcionarán un estatus y un futuro próspero. Todas estas consideraciones son humanas y comprensibles, pero corren el riesgo no ya de que se minusvalore la vocación de los jóvenes, sino más grave aún, que ni siquiera consideren para qué valen realmente los hijos, o qué les hace sentirse verdaderamente a gusto, e incluso sobresalir.

Es cierto que nadie conoce a sus descendientes como sus antecesores, y que sus mayores pueden y deben aconsejarles y arroparles siempre; pero con realismo e información. Los padres, madres y abuelos son seres humanos que también pueden equivocarse, o no ser capaces de ver las capacidades y el talento real de sus hijos y nietos. Incluso es lógico que tengan ilusiones y las proyecten en sus descendientes; y que, tras asumir que no serán futbolistas de élite, piensen que siempre podrán convertirse en médicos o abogados prestigiosos.

Dado que vivimos días de reflexión en familia, quizá sea bueno que todos consultemos los contenidos y las competencias que desarrollan las distintas titulaciones. Las universidades nos ofrecen esta información: documentos sobre la calidad de los diferentes grados, e incluso índices de inserción laboral. Sólo así podremos decir que hemos respetado la vocación de nuestros hijos (fomentado el desarrollo de sus capacidades y habilidades), e incluso contribuido a la satisfacción de unos vástagos que, si los dejamos evolucionar sensatamente, serán capaces de revelar todo su potencial como futuros profesionales útiles a la sociedad.

www.josemanuelestevezsaa.com