El Correo Gallego

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CARLOS LUIS RODRÍGUEZ

¡Tres comidas al día!

11.11.2018 
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PUEDE parecer chocante que una de las más profundas defensas del franquismo proceda de unos de los sectores que más se empeñan en perseguir cualquier vestigio de la dictadura. Sí porque junto al franquismo folklórico de símbolos y enseñas, existe otro que comparte las justificaciones de los partidarios del pasado. Ni que decir tiene que el primero es mucho menos peligroso que el segundo. ¿Pero de qué estamos hablando? De Iñigo Errejón y la reivindicación que hace de la autocracia venezolana basándose en un dato culinario: comen tres veces al día.

Esa dieta, más teórica que real, serviría para disculpar todos los demás pecados del sistema. De nuevo se oyen los ecos de la pregunta que Lenin dirige al socialista español Fernando de lo Ríos durante una visita a Moscú del dirigente del PSOE. ¿Libertad para qué? ¿Libertad para qué si en Venezuela se come tres veces al día?, viene a decir el destacado miembro de Podemos. Las libertades son superfluas, cuando no un lujo burgués, al lado de una buena alimentación suponiendo desde luego que los venezolanos coman tan bien como asegura Errejón. Si además de las supuestas tres comidas diarias, el régimen les diera un esparcimiento adecuado estaríamos en el Panem et Circenses patentado por los romanos.

Así que desde la extrema izquierda se le está dando legitimidad al franquismo porque los argumentos de los turiferarios del sistema eran calcados. Admitían que en la llamada democracia orgánica no existía la misma libertad que en las democracias de verdad; sin embargo España estaba en paz, había progreso económico, pantanos, una cierta seguridad social, calles sin delincuencia, fútbol. Ni siquiera Errejón puede negar que, pasada la posguerra, los españoles comían tres veces al día como en su idolotrada Venezuela bolivariana. ¿Sirve eso para exonerar al franquismo?

Se pueden admitir los logros económicos de Franco sin por ello alabar su dictadura. El antifranquismo genuino entiende que la libertad nunca es un adorno y que, por lo tanto, el PIB o la renta nacional, el seiscientos y el desarrollismo no son suficientes para alabar la autocracia. Una prueba irrefutable para calibrar la autenticidad del antifranquismo es preguntar por los franquismos actuales, por los sistemas cuyos caudillos no están bajo tierra y sumidos en los libros de historia, sino gobernando plenamente.

Si Errejón considera que las tres comidas diarias de los venezolanos bastan para calificar a Maduro de progresista, Franco habría sido igualmente un defensor de las clases populares. Y si la oposición a Maduro es reprobable, tambien lo sería la antifranquista. Por cierto que son idénticas las acusaciones que franquistas y bolivarianos dirigen a sus críticos: siempre están alentados por conspiraciones externas, judeo-masónicas o imperialistas. O sea que Iñigo Errejón aporta argumentos en pro del dictador que espera pacientemente su traslado en su tumba del Valle de los Caídos. Al final un coro variopinto del que forman parte Lenin, Maduro, Franco y el propio militante de Podemos preguntan al unísono: ¿libertad para qué?

Periodista