El Correo Gallego

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{EL PSICÓLOGO CUENTA}

ANDRÉS SAMPAYO

Mi tristeza

11.11.2018 
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Las dos clasificaciones de salud mental más conocidas y utilizadas, DSM y CIE, establecen dos grandes categorías, a su vez, con subtipos, para referirse a los problemas anímicos. Por un lado, señalan la depresión bipolar (aunque en la última revisión DSM ya ocupa un capítulo independiente), con su ciclo depresión-manía o hipomanía, y por otro lado la depresión unipolar que, básicamente, se asienta en tres formas: el episodio depresivo mayor, el distímico (más duradero pero más leve en intensidad) y la depresión no especificada y que, en realidad, quiere decir que no encaja en los otros diagnósticos. Al margen de lo que pueda ocurrir con las próximas ediciones, estas clasificaciones suponen de una manera más o menos declarada la concepción de la depresión como enfermedad, aun cuando los autores entienden que la depresión contraviene el estatuto de enfermedad y, de hecho, prefieren usar el término trastorno.

Como la clasificación diagnóstica se revela incapaz de reconocer toda la variedad de casos, se hace un hueco en el armario que acoja todo lo que no entra en los otros cajones. Es muy habitual ver como casos bien heterogéneos terminan homogeneizados con el diagnóstico de depresión, aun cuando entre ellos hay muy poco en común. Tampoco en cuanto a la etiología y al proceso fisiológico se puede decir que haya algo establecido en la depresión que le otorgue ese estatuto de enfermedad.

Aunque la tendencia sea intentar protocolizarlo todo, cualquiera que se dedique a la práctica sabe que es bastante más importante preguntarse por el paciente que por la enfermedad o, lo que es lo mismo, por la persona que por la depresión.

Algunos teóricos dicen que el origen de esa consideración de enfermedad se remonta a comienzos del siglo XIX y tiene que ver, además de con el proceso de medicalización, con el uso de una metáfora de mal funcionamiento. De la misma manera que el corazón puede empezar a funcionar mal, le puede pasar al cerebro. Más en concreto, la depresión cardiovascular, como enlentecimiento circulatorio de la sangre, un tópico de la medicina de la época, fue la que prestó su analogía a la pesadez, enlentecimiento y hundimiento del talante depresivo (denominado melancólico en aquellos tiempos).

La metáfora fue perdiendo su condición literaria y se transformó en entidad explicativa, estableciéndose como figura objetiva impuesta por una supuesta lógica clínica que en realidad creo que nos aleja de poder ayudar a esa persona.