El Correo Gallego

Noticia 1 de 1 Opinión » Firmas

RESEÑA MUSICAL

RAMÓN G. BALADO

Varvara: pianismo de Beethoven y Mussorgski, en el ciclo “Ángel Brage”

20.02.2020 
A- A+

En sesiones consecutivas del ciclo “Ángel Brage”, asistiremos en la primera al concierto de la pianista rusa Varvara, en el Auditorio de Galicia, con dos sonatas beethovenianas y la tan célebre “Cuadros de una exposición de M.Mussorgski. La pianista estuvo recientemente colaborando con la “OSG”, dirigida por José Trigueros, en una fecha en la que contábamos con F.Fedoseyev, quien se vio obligado a suspender la gira por razones de salud y que permitió a Trigueros demostrar su talento frente a la “Sinfonía nº 10, en mi m. op.93”, de D.Shostkovich, mientras lograba un entendimiento admirable con la pianista, para el “Concierto nº 2, en Sol m. Op. 16”, de S Prokofiev. Ella también estuvo con las “RFG”, en octubre de 2015, dirigida entonces por Clemens Schuldt, interpretando el “Concierto nº 21, en Do M. K.467”, de W.A. Mozart. En la actividades recientes, destaca su debut en el Suntory Hall, con la “Tokyo S.O.” y Jonathan Nott y con la orquesta del Teatro Mariinski, con Valery Gergiev, entre otras formaciones de prestigio. Es una entusiasta de repertorio camerístico, con ejemplo como es dúo estable con el violinista Fumiaki Miura, o el trío en el que destaca el chelista Johatan Roozeman. Es artista del sello “Discamera”, con el que grabó obras de Liszt, con la “Philharmonie de Paris”.

Musicalmente se formó en el Conservatorio de Moscú con Mikhail Voskressensky y en la “Escuela de Música Gnessin” para seguir en Hamburgo con Evgeni Koroliov, recibiendo en 2006 el Premio del “Concurso Int. Bach de Leipzig” y en el 2012, el “Concurso Geza Anda”, de Zurich, que ayudará a proyectar su carrera a nivel mundial, con las grandes orquestas, además de las galas como concertista a so y en cuanto a sus apetencias como intérprete, muestra una amplia preferencia por autores de toda época, desde los barroquismos de Bach o Haendel, hasta los rusos desde Prokofiev o Stravniski o nórdicos actuales cono Arvo Pärt. Fue dirigida frecuentemente por Vladimir Gergiev, Vladimir Fedoseyer, Alexander Liebreich, Elihau Inbal, Tamás Vasary, entre los más destacados y sus visitas a nuestro país, deparan acogidas relevantes en los coliseos de élite.

Dos sonatas beethovenianas con arraigo vienes y separadas por casi una década, ambas, entre las de mayor aceptación entre los conocedores de toda la serie. La “Sonata en Do sost m. Op.27/2”, la tan popular “Claro de luna”, recibirá el nombre gracias al poeta alemán Ludwig Rallstab, producto de la amistad y respeto a unía a los dos. Para el poeta y por sensación perceptible, nos hallamos ante la evocación de un resplandor de la luna sobre el lago de los Cuatro Cantones, dando pie también a una creciente imaginación de leyendas y fantasías de toda laya. Ya desde el “Adagio- sostenuto” de entrada, que valdrá como el discurrir de un río sonoro que no cesa de fluir. Una anécdota abundará en las vivencias del “Divino Sordo”, y es que durante el período de su escritura, su vida se verá perturbada por una arrebatadora pasión amorosa por la joven aristócrata vienesa Giulietta Guiciardi, a la que dedicará la “Op. 27/2” (Sonata quassi una fantasia, alla Damigella contessa G.G.). En la cascada de opiniones contrastadas, nos bastará con acercarnos al insigne Alfred Cortot, quien cortaría por la vía de urgencia: “Una pesada capa de plomo gravita sobre esta página, algo que la impide expresarse con demasiada fuerza. Es un dolor que, en su intensidad, se repliega sobre sí mismo y se autodestruye.” D´Indy, tendrá una consideración realmente respetuosa, ya que nos hará saber que esta sonata parece ser la primera señal de turbación suscitada por el espíritu del autor, por una pasión naciente, por primera vez, el músico transfunde al arte su propia vida.

La “Sonata en Mi b M. Op. 81a” (Los adioses), obra en el capítulo de dedicatarios, que en esta ocasión será el archiduque Rodolfo de Habsburgo, a quien tenga en mente, en medio de los avatares de la ocupación francesa. Para evidenciarlo, la realidad de asignar a cada movimiento indicaciones en alemán: “Das Lebewohl” (El adiós); Die Abwesenheit (La ausencia) y “Das Wiedersehen” (El regreso). Alfredo Casella nos confesará que respecto al carácter casi religioso del breve episodio andante que cierra la sonata, no es inverosímil la hipótesis de que el autor sacara la idea de aquella tradición popular de la revolución francesa, según la cual uno de los “couplets” de ciertos himnos plebeyos, se cantaban lentamente y en tono sosegado. En el espacio de las fechas, la sonata se compone en el curso de la guerra surgida en abril de 1809, entre Austria y Francia, período en el que el archiduque Rodolfo, se vio obligado a dejar la capital por lógicas razones de seguridad. Ballola certificará que la “Sonata de Los Adioses”, no puede considerarse una gran sonata, como “La Aurora” o la “Appasionata”, no tanto por la relativa brevedad de sus proporciones, sino por la ausencia de todo elemento brillante o de concierto y por la renuncia a la suntuosidad tímbrica para un lenguaje pianístico de enjuta esencialidad, al servicio de una inspiración extremadamente interiorizada.

Mussorgsky y los “Cuadros para una exposición, con la presencia al fondo del arquitecto Viktor Hartmann, colega suyo, para esta obra en cualquiera de sus dimensiones-orquestal o pianística-, en un homenaje compartido por el colectivo del “Grupo de los Cinco”, con motivo de una exposición homenaje. El músico trata a su buen criterio los cuadros que inspiran la obra, pero la posteridad sabrá recompensarle con creces. Para articular el conjunto de la obra, los irrenunciable “Promenades”, en tiempos diferenciados que valdrán a modo de engranaje de cada cuadro. Cada cual, con su personalísima sensación sonora. “Gnomus”, en sus sobresaltos y agobiantes convulsiones de grotescas extravagancias; “Il vecchio castello”, pendiente de una ensoñación de tintes obsesivos y que cada oyente, sepa encontrarle el punto de inflexión; “Tuilliries”, jarana entre infantes en medio de sus juegos, por lo que resultará una pieza breve y vivaz, y de un humorismo ciertamente agreste; “Bydlo”, la carreta polaca arrastrada por los sufridos bueyes- Bydlo, es buen en polaco-, marcada por un insistente “ostinato” tal cual requiere el cuadro en referencia;”Ballet des poussins dans leurs coques”, perfecta delineación del plano musical de esos polluelos en sus cascarones, con acordes precedidos de mordentes y trinos; “Samuel Goldenberg y Schmuyle”, escena de enfrentamiento de los dos individuos por su condición social; “Limoges”, escenificación de unos paisanos en su diálogo animado; “Catacombae”, el peso de la serie de acordes con reminiscencia de los sonidos de un órgano; “La cabane sur des pattes de poule”, un acomodo de fantasía legendaria, para cerrar “La Grande Porte de Kiev”, naciendo desde los majestuosos acordes de definen esta estampa sonora.