El Correo Gallego

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LOS REYES DEL MANDO

JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ

Viendo a Agatha

24.08.2019 
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ATRAPADO en el bucle de las casas extraordinarias (mejor que el bucle de la formación de gobierno en España, en cualquier caso), me dediqué al documental ‘La reina del crimen’ (Movistar, Arte), en torno a la vida de Agatha Christie, y, notablemente, en torno a la vida de su segundo marido, Max Mallowan, el famoso arqueólogo. Se preguntarán por qué lo de las casas, pero es que a Agatha le pirraban (y no sólo para localizar asesinatos). Greenway House, junto al río Dart, es sólo la culminación de su pasión por adquirir nuevos hogares, o al menos eso se cuenta en este curioso documental. En realidad, la pasión por las casas literarias es una constante de la literatura inglesa, no tanto de la española, donde nunca hemos tenido esa dedicación por los hogares de los escritores (salvo contadas excepciones). Bueno, ni por los escritores en general. Londres puede recorrerse hoy a través de Dickens, el valle del Támesis siguiendo las casas (más o menos modestas) de Jane Austen, y Torquay y el resto de Devon a través de Agatha Christie. Sólo son unos pocos ejemplos. Los británicos han hecho de esto una forma de turismo en el que la pasión por los libros se da la mano con las vajillas de época o, en el caso de Agatha, con los objetos y pinturas de Mesopotamia.

El documental elogia a la autora, que, en una de sus escasas grabaciones, se queja al principio de que era más ama de casa que escritora (su segunda profesión, dice). Ahí empezó la consideración de Agatha Christie como una mujer reivindicativa, sin tener, tal vez, excesiva conciencia de ello. Simplemente hacía lo que le daba la gana, lo cual, en su tiempo, no resultaba nada fácil para una mujer. Y aún menos, para una mujer separada y con una hija. Así que hoy sabemos que Agatha Christie, además de reina del crimen, o de la novela policiaca, fue también una pionera, una mujer extraordinariamente avanzada: conducía coches, sin que ningún hombre tuviera que acompañarla, y surfeaba las olas sobre una tabla. La separación de su primer marido no sólo provocó su desaparición y quizás su trastorno, sino un gran revuelo en la sociedad inglesa. Nunca como entonces se le prestó tanta atención a Agatha Christie, lo que dice mucho del tratamiento del morbo ya en aquel tiempo: apareció desorientada en un hotel de Harrogate. Y, desde aquel momento, su vida giró definitivamente.

Estaba a punto de viajar a Jamaica, cuando alguien le dijo que el verdadero encanto se hallaba en Irak, en Siria, en Egipto, y el viaje le llevó a la magia de oriente a lomos del Orient Express. El tren sería decisivo en su vida y en su literatura, como sabemos bien. Era el tiempo en que muchos escritores tenían existencias de novela. Toda esta historia es conocida, entre otras cosas porque algunos de sus libros transcurren en esos escenarios exóticos. También fue lo que le llevó a encontrar a Max, en las excavaciones iraquíes. El documental puede ser elogioso, hablar mucho de las hermosas casas de la Christie (Greenway House es un sueño georgiano) pero, sobre todo, nos descubre a una de las escritoras más importantes en lengua inglesa que nunca ha sido reconocida como tal. Tampoco, creo, su capacidad para adelantarse a casi todo como mujer independiente. ¿Por qué?