El Correo Gallego

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leña al mono, que es de goma

DEMETRIO PELÁEZ

Vivir de alquiler ya no es tan guay

13.01.2019 
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Con los grandes gurús económicos suele pasar lo mismo que con los nutricionistas y todos esos expertos que nos enseñan a comer de una forma sana: sus diagnósticos son tan cambiantes que te acaban volviendo tarumba. En los tiempos de la EGB, sin ir más lejos, tener mofletes coloradotes era interpretado como un signo de buena salud, de plenitud, mientras que ser flacucho te condenaba a entrar en el gremio de los escolares malnutridos, enfermizos e infelices. Las abuelas solían ser expertas en sentar cátedra sobre ese asunto y rápidamente ofrecían remedios eficaces para todo tipo de contingencias alimentarias. "Hija, ese niño lo que tiene que hacer es comer más fabadas, te lo tengo dicho mil veces. Mira qué pinta tiene, si parece el gato ese que está triste y azul".

De aquella, es cierto, ya existía cierta preocupación por los chavales zampones que acababan más inflados que un balón de Nivea, pero por lo general estaba mejor visto socialmente tener unos kilitos de más que de menos. Además, los gorditos tenían fama de ser más simpáticos y sociables.

Hoy, en cambio, los carrillos abultados son sinónimo de obesidad malsana y quienes los lucen son tachados, sin misericordia alguna, de zampabollos amargados. ¿Por qué? Porque los gorditos ya no son, por alguna extraña razón, ni tan simpáticos ni tan sociables. Para colmo, ser progenitor de un chaval pasado de michelines te convierte casi en un delincuente ante una sociedad inquisidotra y absolutamente fanática de la lechuga y los cebollinos. "Lo que tiene que hacer su hijo es comer menos hamburguesas y más fruta", dirá el dietista de turno, con tono acusador, a los padres del niño orondo, que acabarán mortificándose en silencio por haber dejado a su hijo abusar de los zumos con sobredosis de azúcar.

De igual forma, hoy se consideran insanos alimentos que hasta hace nada tenían fama de ser la leche en verso, como los citados zumos, y a la inversa, hasta el punto de que muchos papases ya no saben si endosar a sus churumbeles el típico bocata de Nocilla, meriendilla con la que nos criamos tan ricamente casi todos los adictos a los chiripitifláuticos, o si resulta más conveniente cambiar el reconfortante chute de cacao por un sandwich de pescadilla cocida, una ensalada de aguacate o un yogur de esos que no saben a nada. Cielo santo, qué incertidumbre.

Pues bien, con los consejeros económicos y financieros ocurre algo muy parecido que con los nutricionistas. Unos días dicen una cosa y al día siguiente, la contraria. Hablemos, por ejemplo, de la compra o el alquiler de viviendas. Hace apenas una década, recuérdenlo, cobró muchísimo auge una corriente que apostaba de una forma rotunda por la fórmula del alquiler. Es lo que impera en Europa, afirmaban los asesores, que no se cansaban de aportar razones contundentes al respecto. El arriendo, decían, no ata a la gente a créditos hipotecarios de larguísima duración; da una libertad de movimientos infinitamente mayor, en el sentido de que basta con rescindir un simple contrato si tienes que cambiar de ciudad o de trabajo, y te permite olvidarte de rollos tales como el pago del IBI, seguros, derramas por mantenimiento, etc. O sea, un chollo.

Por contra, la adquisición te encadena de una forma irremediable a bancos usureros, te coarta la posibilidad de asentarte en otra ciudad si surge la ocasión y te convierte, por lo tanto, en un ser sedentario y sosateras. Hombre, está claro que muchas veces, casi siempre por razones laborales, la compra de vivienda se convierte en algo impensable, por la sencilla razón de que un día tienes que residir aquí y un mes después en donde Almanzor perdió el tambor, pero los del sector proalquiler no atendían a ninguna justificación. Para ellos, el moderno arriendo tenía que desbancar de una vez a la carcamal adquisición, y repetían una y otra vez que en los países más ricos de la UE estaba triunfando, cada vez con más fuerza, el alquiler.

Y bien, ¿qué pasa ahora? Ya lo habrán visto: las rentas no paran de subir, la oferta es cada vez más limitada porque los alquileres turísticos -desmadrados- copan buena parte del mercado y la mayoría de los desahucios ya no son promovidos por chungos bancos que quieren recuperar la propiedad de pisos hipotecados, sino por particulares hartos de inquilinos morosos, por lo general personas vulnerables que se han quedado sin trabajo o ya no saben por dónde estirar la pensión. Miren lo que está pasando aquí mismo, en Santiago. Apartamentos de medio pelo que hace nada se podían alquilar por unos 400 euros al mes se han disparado, según las asociaciones inmobiliarias, hasta los 600 y en el casco monumental reina la oferta turística, tanto en blanco como en negro. ¿Por qué? Porque da muchísimo más dinero en mucho menos tiempo.

¿Qué dicen ahora los consejeros económicos? Pues básicamente que cada cual debe actuar según sus circunstancias. Nos ha jodío mayo, chavalotes. Así cualquiera se mete a experto.

EL AUTOR ES PERIODISTA