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opinión electoral

JOSÉ RAMA (*)

Vox y Galicia... ¿difícil relación?

26.04.2019 
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EL PROMEDIO DE ENCUESTAS da a Vox en torno a un 10 % del voto; en escaños, las últimas estimaciones les otorgan entre los 25 y 40 asientos (una horquilla muy amplia, pero es que intentar descifrar el voto a este grupo no es tarea sencilla). En Madrid, Andalucía o la Comunidad Valenciana, podrían obtener varios de estos asientos. Es en estos enclaves, donde el partido de Santiago Abascal parece tener un mayor atractivo: llenan polideportivos, salas de conferencias, estadios y plazas de toros. En otras circunscripciones, como las del País Vasco, ninguna de las encuestas ha señalado que la formación ultrderechista podría conseguir representación.

¿Y en Galicia? Lo sorprendente de la macroencuesta del CIS en las que se entrevistaron a más de 16.000 personas es que en las provincias más rurales, Lugo y Ourense, el denostado bipartidismo (PP y PSOE) parece sobrevivir. De los cuatro escaños que se reparten en cada una de estas dos provincias, dos serían para el PSOE y dos para el PP. Si lo comparamos, por ejemplo, con provincias con el mismo número de asientos: Cáceres y León, por ejemplo, en ninguna de ellas se mantendría el bipartidismo tan característico de otras épocas (desde los años 80 hasta 2011). De hecho, en estas circunscripciones entrarían partidos como Ciudadanos y Vox que arrebatarían un escaño al PP. De esta forma, si bien el partido de Abascal mostraría más músculo electoral del que se le presuponía, en Galicia, dicho impacto, al menos según la encuesta del CIS, terminaría sin salir a flote.

El sesgo conservador del que es acusado nuestro sistema electoral, es decir, que en las circunscripciones pequeñas (las de rural), donde el voto cuesta menos (están so­brerrepresentadas), la gente vote más a formaciones de derechas, parece haber llegado a su fin. En este tipo de provincias lo que se produciría sería una acusada bonificación al partido mayoritario, en este caso el PSOE, y un debilitamiento del PP. Vox, no llegaría a entrar en Galicia en estas dos provincias y, en A Coruña, donde al haber más escaños se produce un reparto más proporcional, la mayoría de los sondeos también apuntan a que los de Abascal seguirían quedándose a las puertas. (Siendo el BNG el partido que podría entrar, después de haberse quedado sin representación).

Con esto, parecería que Galicia seguiría siendo la excepción. Si bien en 2015 tanto En Marea como Ciudadanos consiguieron representación en la comunidad, en la repetición los segundos ya perdieron el escaño en favor del PP. Galicia fue en 2016 lo que se esperaba, un reducto conservador para Mariano Rajoy. Para 2019, aunque es previsible que Ciudadanos consigan algún escaño, parecería que, al menos, los gallegos siguen siendo reacios a demasiadas innovaciones, siendo excepcional la irrupción de Vox.

Las razones a este bloqueo parecen claras. Ni el eje territorial (apuesta por un modelo de estado centralizado) ni la identidad nacional (primacía del sentimiento de español frente al gallego) parece casar con el elector mediano gallego. Si antes de que empezase la campaña escuchábamos a Inés Arrimadas llamar a Feijóo independentista gallego, por considerar como necesario que los funcionarios gallegos tuviesen la obligación de manejar con soltura el gallego, que Vox se centre mayoritariamente en la esencia nacional española y descuide las distintas identidades que conviven en este país, parece, al menos para Galicia, más un suicidio que una estrategia de éxito.

(*) El autor es profesor e investigador en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad Autónoma de Madrid.