El Correo Gallego

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Contrariedades

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Bocadillos y tentempiés

24.05.2019 
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Se habla mucho de los comicios locales, pero el domingo, en Galicia, los ciudadanos acudirán a votar con dos papeletas en la mano. Cuando esto ocurre, como cuando toca elegir el mismo día a los representantes del Congreso y del Senado, la gente, ya sea por convicción, pereza o economía de pensamiento, acostumbra a votar la misma opción. La policromía electoral individual es todavía un fenómeno poco extendido en nuestro particular biotopo político. En Santiago, todo indica que en las europeas se impondrá el PSOE, como ya sucedió hace menos de un mes en las generales, y la esperanza del candidato a la alcaldía por este partido, Sánchez Bugallo, es que el votante haga con él un bocadillo y lo meta en medio de los dos panes electorales supramunicipales ya escogidos y lo introduzca en la urna como quien ingiere un emparedado -para unos sabroso, para otros insípido- de calamares o de chorizo.

Si así sucediese, que la política dista mucho de ser una ciencia exacta -en esto se asemeja también al arte de la gastronomía-, el propio Bugallo haría un bocadillo con la capital de Galicia, a la que ya gobernó de 1999 a 2011 y ahora volvería a regir, dejando en el medio, como chicha del sándwich que, ya casi retirado, no esperaba zamparse, los cuatro años tridimensionales del PP con Conde Roa, Ángel Currás y Hernández -carne contundente, tipo chuletón-, y los cuatro de Compostela Aberta con Noriega -comida más liviana, tipo vegetariana-.

A priori, de idéntica posibilidad de merienda que tiene el candidato socialista el 26-M, disfruta el cabeza de lista popular, Agustín Hernández, que estuvo al frente de Raxoi el año previo a las municipales de 2015 y, de repetir ahora, se comería entre las migas de sus dos mandatos -el efímero y el improbable- la legislatura rupturista de quien lo expulsó de la alcaldía, en un bocata que en otras condiciones le provocaría repugnancia, pero que, tal como están las cosas hoy en día, el domingo le sabría a gloria.

En este sentido simbólicamente un tanto caníbal de describir la dignidad de los triunfadores, Martiño Noriega no goza de iguales oportunidades para prepararse un refrigerio como sus rivales, a no ser que nos sorprenda deleitándonos con un ejercicio de onanismo antropofágico, tan del gusto de Casado -los borda con matrícula de honor sin necesidad de que lo certifique la Universidad Rey Juan Carlos-, que, sinceramente, en el actual alcalde compostelano no lo imaginamos. El líder de CA lleva doce años ininterrumpidos como regidor -ocho en Teo- y carece de contrincantes a quienes emparedar, aunque, bien mirado, no olvidemos que entre el salto del ayuntamiento vecino al capitalino enterró usos y costumbres arraigados en sus predecesores junto a la tumba del apóstol Santiago.

Pero, como ya habrán adivinado los lectores que hasta aquí llegaron, no es finalidad de esta crónica política-culinaria -cocina en frío, difícil de digerir- repasar el catálogo de los aciertos y los errores de los principales candidatos-comensales aspirantes a presidir la mística tabla redonda de Compostela. A ese puesto llegaron los tres. Hernández, antes conselleiro de Infraestruturas, por la autopista que había abierto desde San Caetano al último lugar de la lista popular de 2011, que creía gratis, pero que conllevaba el caro peaje de Conde Roa, el político que dio la vuelta a la biología: invirtió toda una vida para ser alcalde y luego se murió a los nueve meses.

A Noriega lo impulsó la espiritualidad laica del 15-M y en esta campaña lo intentará de nuevo levitando en las distancias cortas, donde gana enteros -aunque hace mucho que no lo veo, ni siquiera en fotos-. Y Bugallo, que alcanzó Raxoi como suculento bocado del bocadillo de Xerardo Estévez, confía ahora en hacer lo propio en el que Sánchez a punto está de llevarse a la boca.