El Correo Gallego

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CONTRARIEDADES

XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Infernales días de rima negra

27.03.2020 
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Sin necesidad de ser Neruda, todos podríamos escribir los versos más tristes esta noche. Y la de mañana. Y la de pasado... Escribir, por ejemplo, “La noche está estrellada, y tiritan, azules, los muertos, a lo lejos”. Sí, podemos componer los versos más tristes esta noche. En esta semana infernal, para la que ya con antelación nos preparó emocionalmente el presidente Sánchez, el íntimo milagro de la poesía brota en nuestras entrañas paralizadas por el nervioso goteo de las víctimas de esta guerra contra un enemigo invisible, que nos desgarra y a la vez nos inspira canciones desesperadas de amor y muerte.

Asistimos en primera persona a una de esas catástrofes históricas que los futuros colegiales memorizarán con horror en sus pupitres, uno de esos seculares episodios en los que la Parca multiplica sus apariciones ante nuestros ojos incrédulos, para recordarnos la fragilidad de la existencia humana. Aunque esta vez, aparejado al dolor en que nos envuelve, nos deja la pavorosa sensación añadida de que en la próxima ocasión no se demorará tanto tiempo en volver a visitar la orilla que habitamos. Hoy nos quita la vida y nos desafía para el mañana. Nos amenaza y advierte de que los avances tecnológicos de los que nos sentimos orgullosos nada son comparados con el fino filo de su guadaña. 

La pandemia del coronavirus que llegó de Oriente nos enseña que poco somos en esta galaxia hilvanada con agujeros negros, donde, sin saber porqué, del sistema solar surgió la Tierra. Y luego la vida... y tras ella la muerte. Después de millones de años de evolución, aún no encontramos la forma de rehuirla, pero tampoco la esperábamos, a estas alturas de nuestra película como sapiens modernos, detrás del caprichoso estornudo de un murciélago. No, al menos, esta defunción en serie que aniquila los cimientos de la civilización que en mejores condiciones de vida pobló este planeta. Y si nada podemos ante la definitiva ama y señora de nuestros desvestidos esqueletos, ¿qué nos queda, en estos días terribles, más que asistir atónitos a la afligida procesión de un féretro tras otro? La lírica triste y oscura que mana del dolor compartido y que une las almas con dobles costuras de tenue acero.

En este extraño despertar de los años 20, que de felices no tienen nada, la muerte en soledad uno a uno nos espera. Solos morimos y solos nos entierran. Y cuando todo esto pase, en la ciudad descomunalmente golpeada, la nueva catedral acogerá reales funerales de Estado. Pero la pena viajará a la melancólica mirada del quiosquero que notará que le falta su más leal parroquiano; al camarero que extrañará al madrugador cafetero de la mañana…

Neruda cantó al amor. Y a nosotros nos toca hoy hacerlo a la desconsoladora ausencia que la maldita muerte nos provoca. “Aunque este sea el último dolor que ella me causa, y estos sean los últimos versos que yo le escribo”.