El Correo Gallego

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XOSÉ RAMÓN R. IGLESIAS

Ladrones de la Transición

09.11.2018 
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La reina Sofía cumplió ochenta años. Es, de largo, la miembro -lo de miembra es cosa de Bibiana Aído y demás musas de ZP- de la familia real más querida por los españoles, un cariño que no surgió de forma espontánea -en aquella época aquí había fijación con las suecas y ella, obviamente, no lo era, aunque se lo hacía-, sino que fue creciendo a medida que se conocían sus desgracias dentro de La Zarzuela, ninguneada ahora por su nuera Letizia, después de pasar toda una vida corneada por su esposo, el rey emérito Juan Carlos I. Juntos, formaron la pareja protagonista de una Transición que hoy se pone tan en cuestión como el amor que el monarca le profesaba. Eran días en los que nunca faltaba en los discursos del jefe del Estado la muletilla "la reina y yo", que hoy sería interpretada como algo políticamente incorrecto y decididamente machista, porque la condenaba a ella a un papel secundario y mudo, preludio del calvario por el que luego le tocaría pasar.

Oscurecida su buena estrella, los reyes eméritos sobreviven en la realidad actual recluidos en la memoria de un tiempo de esplendor, donde se fraguó el nacimiento de la democracia, como figuras cuasifantasmagóricas de un pasado luminoso que cada día que pasa ve como una luz se apaga en su firmamento. Mientras Sofía celebraba su ochenta aniversario, se nos iba un actor asiduo al Café Gijón, Álvaro de Luna, el Algarrobo, el último gran protagonista vivo que quedaba de la banda de Curro Jiménez, la primera serie de éxito en la televisión española postfranquista, donde compartía elenco con Sancho Gracia (Curro), Pepe Sancho (el Estudiante) y Francisco Algora (el Fraile).

Estos bandoleros a lo Robin Hood tenían un aire berlanguiano, sin llegar a su genio, al hacer pasar por una españolada lo que en realidad era un producto demasiado subversivo para su época: elogiaban el desafío a la autoridad despótica, combatían las injusticias de un Estado caciquil y disparaban a la temida Guardia Civil, que presentaban como el cuerpo de seguridad más inoperante e inútil del planeta. Todo ello con una exquisita banda sonora y una factura visual impecable, con capítulos dirigidos por profesionales de prestigio, como Pilar Miró o Mario Camus.

Si estos cuatro intérpretes remontaban a lomos de sus caballos el sombrío panorama artístico de la Transición, años antes de la aparición de la movida de Vigo y Madrid, por la senda de la política, bajo el arbitrio del rey, cuatro jinetes acaparaban el protagonismo: Adolfo Suárez (UCD), Santiago Carrillo (PCE), Manuel Fraga (AP) y Felipe González (PSOE). Este último, el úni- co vivo, se desgañita en la defensa de los méritos que le quieren robar a la Transición los políticos de la nueva hornada roja que, a su vez, se quejan de que les hurtaron la verdadera Transición, la ruptura.

Si a aquellos líderes de la Transición se les aplica la traslación a estos tiempos, Casado es más carca que Fraga, Rivera menos estadista que Suárez, Iglesias más profundo que Carrillo y Sánchez acabó con el dios Felipe en las primarias en las que éste apoyó a Susana Díaz. ¿Y el rey? Abdicó, tras ser el miembro -también viril- más activo de la familia real.