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El arte de la no política

    CADA tiempo político tiene su personaje, también sus personajillos. Unos se retroalimentan de los otros, sobre todo éstos últimos, los personajillos, de verbo tan rápido como iracundo, sin escrúpulo y bregado en el cuerpo a cuerpo, bajero y hostil, dado a la provocación, la mentira, el insulto y el despropósito. Lo vemos de cuando en cuando en el ruedo de la vida partidista. Si un portavoz, si otro, si un cargo, todo con rellenar por ejemplo en verano los canutazos informativos de diez o doce segundos para alimentar telediarios o algún que otro titular estival.

    Otras en la cámara, en la casa de todos, en el parlamento, donde se suele buscar la chispa que chirríe e incendie, que provoque y se ría así mismo del noble arte de la dialéctica que no se domina y los cauces políticos amén de la liturgia amable por la que debe transcurrir el devenir político mismo.

    El discurso del político a veces pesa y carga de soflama e inquina, aprovechando la descomposición interna sistema en cierto sentido, seguido en no pocas ocasiones de una batería o atropello de insultos y descalificaciones, que nada tenían que ver con lo que se debate y sobre todo, importa a los ciudadanos.

    Más allá de la representación y la exageración que también presiden en ocasiones los actos y los discursos, las puestas en escena y el maquillaje maniqueista, que se prodiga sin duda en la política española y el proscenio diletante de las formas y los modos, siempre ha habido un límite. El respeto a las ideologías, por mucho que no nos gusten, y la trayectoria democrática de algunos partidos que sufrieron como pocos en carne propia, persecución, exilio, cárcel y muerte. Libertades de hoy que son deudoras de hombres y mujeres de antaño y ya desgraciadamente olvidados y no reivindicados ni siquiera por los propios.

    El tono chulesco, provocador, jactancioso, petulante, arrogante, incendiario y abrasivo que en ocasiones han mostrado diputados o políticos radicales copa y copó telediarios, titulares y relegó a cierto ostracismo incluso a la dureza de otros. Medicina y ricino en los cánones de la antipolítica o el arte de la no política. Preparémonos para el espectáculo, porque sobran actores y reparto secundario. La política vulgarizada como medio para todo fin, cualquiera. Le sobra dramatismo y grandilocuencia. Pero en el Congreso el aplauso no solo es de los suyos, otros están dispuestos también a aplaudir como mecanismo evasivo de su propia incapacidad. Soberbia, mala educación y arrogancia se abrazan con donosura y lisonja.

    Sobra esperpento pero también escasa educación en la vida pública. El arte de la política nada tiene que ver con la bajeza moral ni el insulto con lo que algunos pretenden alterar cauces y cánones de convivencia, tolerancia y respeto. Todo es posible. Es la sociedad misma que claudica de la educación, también del respeto. Lo que nos obliga en parte a no caer en la trampa de buscar en la RAE el apellido del acólito diputado que se regocija en el insulto y la provocación. Vulgarizar, dramatizar, reírse de la política y de lo público, con un altísimo concepto de la victimización propia, nunca ajena, sin embargo confiere réditos electorales.

    Sobran alcahuetes en la política, como también oportunistas, pero es el reflejo de lo que es la sociedad y sus ínfimos niveles de exigencia y autocrítica, así que más vale no escandalizarse por lo trivial, la patochada, la arrogancia y la esterilidad de pensamiento que se acomoda detrás de cada insulto y delante de cada despropósito intencionado.

    05 sep 2021 / 00:30
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