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El codo, nuevo protocolo social

    Definitivamente, el codo está de moda. Igual que Orange is the new Black, en la Universidad, julio es el nuevo septiembre, donde el alumnado que no los hincó lo suficiente –salvo peculiaridades distópicas y estrambóticas de curso como el presente– dispone de una segunda oportunidad para coronar el año académico con éxito. Pero con la covid-19 ha nacido además una tendencia (trending topic que tal vez haya llegado para quedarse, al menos por un tiempo) inmortalizada la semana pasada en una foto –en realidad, hay varias ya– de la Presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, saludando a diversos líderes de la UE con un espontáneo gesto que involucra esa parte de su anatomía, durante la última cumbre celebrada para tomar una decisión sin precedentes relacionada, precisamente, con la crisis de la covid-19. La instantánea de la noble alemana –aunque el “von” de su apellido le venga por matrimonio– chocando codos tan campechanamente concede carta de naturaleza al nuevo protocolo social, en un singular cierre de círculo, abierto con tan cordial saludo; pese a que, al momento de abordar el monto total de las ayudas y, particularmente, la condicionalidad a la que se sometería su concesión, todo concluyera casi a codazos. En fin, salvo para empinarlo –al menos, en modo botellón, por ahora– el codo es como el perejil del siglo XXI: está en todas las salsas.

    En el marco de esta pugna por los fondos europeos, que ha comenzado ya a extenderse a las autonomías (cuyos presidentes intentan abrirse paso hacia el suculento maná europeo, no diremos a codazos, para no repetirnos, pero casi), la decisiva importancia que tendrá la cooperación público-privada en la gestión de los proyectos cuya financiación tan ansiosamente se aguarda por las administraciones públicas ha pasado prácticamente desapercibida, salvo para algún que otro articulista avispado. Pero el propio texto del acuerdo “Next Generation EU” (NG) lo avisa rotundamente en su punto segundo: “el plan europeo de recuperación necesitará de inversión pública y privada masiva a nivel europeo”. Tratándose de fondos finalistas (es decir, destinados a proyectos concretos, dentro de las líneas marcadas por el NG) será imprescindible involucrar a las empresas –también, por supuesto, a nivel autonómico y local– en los proyectos que pretendan conseguir financiación. Volvemos así, por tanto, sobre el tema de fondo que, en cierta medida, da soporte a esta columna, amadrinada por el Club de Consejeras de la Asociación Gallega de Empresa Familiar (AGEF), en el que ya hemos venido insistiendo las últimas semanas.

    Precisamente, el punto sexto del Decálogo en favor de una nueva cultura de la empresa familiar en Galicia, auspiciado por el Club de Consejeras, recoge con acierto la idea de que “el recurso a este tipo de fórmulas de cooperación público-privada no debe verse como una tara de los poderes públicos o una intromisión en el trabajo de las administraciones, sino como una muestra de la conciencia social y cívica de una parte de la ciudadanía, interesada en proyectos de interés colectivo, y que cuenta con los medios y con un saber hacer adecuado para llevarlos a buen término”. Las empresas gallegas –particularmente, las familiares– codo con codo con las administraciones, deberían apretarlos bien estudiando el NG, primero, y buscando seguidamente las fórmulas que faciliten un posicionamiento óptimo de los proyectos gallegos en esta coyuntura. Así, por ejemplo, saltaba a los medios la semana pasada la iniciativa de Vinigalicia, empresa chantadina, de aportar 18000 euros para un estudio sobre la covid-19, llevado a cabo por una Universidad gallega. A varios casos de este tipo –alguno ya mencionado en esta columna– aludió el Presidente de la Xunta de Galicia en el cierre de la XX Asamblea de la AGEF, destacando asimismo la necesaria labor de coordinación en la gestión de esta clase de aportaciones que deben llevar a cabo la administraciones públicas implicadas.

    Corren tiempos, ciertamente, de solidaridad, sustituto post e hipermoderno de la fraternidad revolucionaria francesa; vocablo de etimología latina (de “solidus” = sólido) pero que, en su raíz indoeuropea (“sol-“ = entero), entronca, por ejemplo, con salud. Léase, el tercer elemento que garantiza el equilibrio en el juego de vasos comunicantes entre la libertad y la igualdad. A mayor desigualdad, mayor solidaridad. Así amalgamadas, libertad y solidaridad confluyen en la colaboración público-privada, imprescindible en momentos de gravedad como los que vivimos; emergiendo de su simbiosis con fuerza la noción de filantropía, cristalizada en su instrumento principal, el mecenazgo, cuya regulación a nivel autonómico parece cada vez más oportuna, como hemos venido insistiendo reiteradamente desde este modesto rincón. Pero, ética empresarial aparte, el diseño de una estrategia gallega en la carrera por los fondos europeos que involucre a todos los actores precisos no puede esperar. Septiembre es el nuevo/viejo septiembre, de las segundas oportunidades, que solo pasan una vez. Todos los codos que se puedan arrimar son pocos, dado el actual escenario de emergencia. Y, considerando la distancia social imperante, los eventuales codazos que resulten confiemos que sean, a lo sumo, tan amables como los de la presidenta de la Comisión Europea. Elogio de la “codura”, o sea.

    (*)(Elena Rivo es profesora del Departamento de Organización de Empresa y MK de la UVigo. Miguel Michinel es profesor de Derecho Internacional

    Privado de la UVigo)

    01 ago 2020 / 20:06
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