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El día de puertas abiertas

    HACE unos años, cuando el brexit ni siquiera era una remota posibilidad, tuve la oportunidad de acompañar a un amigo escocés a una entrevista que éste tenía que mantener en la Cámara de los Comunes con el diputado de su circunscripción electoral, entrevista que la Cámara, tanto en éste como en otros casos, facilitaba enormemente con su política de puertas abiertas durante todo el año.

    En el vestíbulo central, flanqueado por mosaicos de los santos patrones de Inglaterra –San Jorge–, Escocia –San Andrés–, Gales –San David– e Irlanda –San Patricio–, asistí a esta entrevista, y comprobé personalmente cómo muchas otras semejantes a ella se estaban celebrando en el mismo lugar, en una demostración democrática de acercamiento de los miembros de la Cámara a los ciudadanos y de puesta a disposición de aquélla a éstos.

    A diferencia de ello, en nuestro país no existe opción alguna para acceder al Congreso, como no sea, claro, a través de visitas guiadas en horario laboral, siempre que la actividad parlamentaria lo permita; ni tampoco para entrevistarse personalmente con sus miembros, a imagen y semejanza de la Cámara británica.

    La única excepción a esta regla, férreamente mantenida legislatura tras legislatura, con la excusa tal vez de que la normativa vigente, electoral o no, impide actuar de otra manera, viene dada por el llamado día de puertas abiertas, que suele coincidir con un nuevo aniversario de la Constitución. En él, la presidenta, con una utilización artificiosa de las facultades de su cargo, incluso se atreve a franquear personalmente la entrada principal para mostrar una cercanía y empatía populares claramente impostadas.

    Así pues, el día de puertas abiertas es, sí, de puertas abiertas, mas no para que el ciudadano de a pie pueda reunirse con sus representantes y exponerles, en su caso, las preocupaciones legales, económicas o sociales derivadas de una gobernación u oposición discutidas o discutibles, sino simplemente para visitar la sede de una institución que encarna, de una forma cada vez más desvaída, la soberanía nacional, y contemplar, entre el morbo y la vergüenza consiguientes, los rastros del triste paso de Tejero por el Hemiciclo.

    Esta condescendencia supuestamente democrática no sé si es, al final, un reconocimiento o una humillación, pero ante la duda, puesto a elegir entre uno y otra, me inclinaría más bien por esta última, al menos para poder seguir manteniendo con coherencia la posición independiente que siempre he mantenido.

    Siendo esto llamativo, todavía lo es más lo acontecido hace escasos días en el Congreso con motivo de la celebración de una jornada informativa sobre Los seis de Zaragoza, en apoyo de unos jóvenes condenados por el Tribunal Superior de Justicia de Aragón a diversas penas de cárcel por delitos de desórdenes, desobediencia y lesiones en el transcurso de unos altercados en el campus zaragozano.

    Al margen de si la sentencia es conforme a derecho o no, y que, de no serlo, podría ser objeto del correspondiente recurso, lo que resulta improcedente es que socios del partido socialista, en el Gobierno o en el Parlamento, utilicen la sede de este último, con anuencia por acción u omisión de la presidenta, para denostar a jueces, fiscales y policías, calificándoles de delincuentes, en otra demostración de una nueva degradación institucional.

    Estos dos hechos que acabo de comentar, de puertas cerradas en el primer caso y de puertas abiertas en el segundo, ambos en el Congreso, como hemos visto, no son desgraciadamente dos hechos aislados. En realidad, son sintomáticos de un estado de cosas ligado a una determinada concepción de la política, más próxima a los intereses de los partidos que a los de los ciudadanos, que se prolonga en el tiempo, sin que nadie, pese a la devaluación democrática que comporta, quiera resolverlo.

    Esto me recuerda lo que decía George Orwell en uno de sus artículos, Apuntes sobre la marcha, acerca de una perrería que en una ocasión le infligió a una avispa: “Estaba chupando mermelada en mi plato, y la corté por la mitad. Ella no se enteró; se limitó a seguir comiendo mientras de su esófago seccionado manaba un hilillo de mermelada”.

    07 ene 2022 / 01:00
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