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El errático debate madrileño

    ES difícil dominar el arte de debatir en público. Bien lo saben en las universidades anglosajonas, donde adiestran a sus estudiantes en la retórica y la oratoria aplicable a tales situaciones; una práctica que está empezando a valorarse también en España. Buena falta hace, a juzgar por lo que vemos cada vez que se celebran debates, sobre todo entre representantes políticos y en períodos electorales. Dejando aparte el de la SER, el más reciente con todos los candidatos tuvo lugar el miércoles. Una vez más, los telespectadores asistimos a varios despropósitos que ningún asesor de los comicios madrileños logró evitar.

    Se jugaba mucho la presidenta en funciones. También esa variopinta izquierda que aspira a gobernar. La candidata del PP, a la que no le atrae el formato del debate, supo salvar los muebles. Optó por adoptar una actitud institucional y no se despegó de su ideario, lo cual fue un acierto. Algunos participantes cometieron graves errores, como la candidata de Más Madrid, Mónica García, quien no fue capaz de identificar la fuente de un gráfico con datos económicos adversos de la Comunidad de Madrid que Díaz Ayuso puso en tela de juicio. Si hubiera realizado ese doctorado que hasta hace poco figuraba en su currículum, valoraría más la importancia del rigor y de citar las fuentes.

    El señor Gabilondo, tan soso y anodino como él mismo se autodefine, parecía firme frente a Pablo Iglesias en sus postulados sobre impuestos y precios del alquiler. Pero cuando pensábamos que ya no caería en más contradicciones de campaña, tendió la mano al candidato de Podemos, provocando nuevas dudas y desconfianza hacia su persona y sus propuestas. Y quizá haya socialistas que no estén dispuestos a aceptar en Madrid la servidumbre y la coacción a las que se ve sometido el PSOE en el Gobierno central. El reto de Edmundo Bal se antojaba casi imposible, porque dados los vaivenes de Cs, las deslealtades de su formación, y la decepción de sus votantes, le resultará difícil frenar la debacle.

    Los extremos, esto es, Unidas Podemos y Vox, no ocultaron sus flaquezas y temeridades. Iglesias, tras pasar por el Ejecutivo, no tenía gran cosa que aportar en materia de gestión. Su tono de superioridad moral, y el uso torticero y en términos absolutos que hace del número de fallecidos y contagiados, ya no convencen. Su trayectoria personal, y los problemas judiciales de su partido, lo convierten en el líder de una formación como las demás, con sus luces y sus sombras. Su énfasis en las ayudas está bien; pero los ciudadanos, además de esa misericordia que es pan para hoy y hambre para mañana, quieren propuestas e impulso económico; desean levantarse, salir a trabajar, y sacar adelante sus negocios.

    En este sentido, las ideas de Ayuso, gusten o no, son bien claras: bajada de impuestos, libertad y facilidades para el emprendimiento, y una apuesta decidida por combinar salud y economía. Incómoda en los debates, sí estuvo aguda a la hora de responder a Monasterio con respecto a los “menas”, corrigiendo sus datos, y explicándole que en nuestro país la ley obliga a atenderlos, que la solución está en las fronteras, y que, además, se trata de una cuestión de humanidad.

    25 abr 2021 / 01:00
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