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El fracaso dialéctico

    DURANTE el estado de alerta los debates en el Congreso de los Diputados han sido especialmente broncos y con insultos.

    Decía Shopenhauer que “cuando las artes de la argumentación fracasan, el último recurso son los insultos y las ofensas” y en ese momento el ser humano se asoma al precipicio de la irracionalidad.

    Si quien insulta tiene relevancia pública, la responsabilidad es mayor, y en el caso de los políticos se acrecienta, pues el autocontrol es cualidad fundamental del que tiene que decidir sobre lo que resulta más conveniente para el grupo que dirige.

    El insulto tiene diversas manifestaciones, ninguna de ellas menos grave que otras. La modalidad de sembrar dudas mediante la difusión de rumores, tal vez es más grave que el propio insulto, porque evidencia la cobardía del que tira el viaje, esconde la daga bajo la capa y continúa el paseo con aire digno y señorial.

    Naturalmente, también se da la invectiva en sentido contrario: los insultos a los políticos por parte de quienes se ocultan cobardemente bajo identidades ficticias en los foros de internet.

    El insulto refleja la incapacidad semántica del individuo y su indigencia lingüística. Quien domina el arte de la palabra puede ser más duro y contundente con un lenguaje irónico que con la grosera descalificación; ahí está el ejemplo de nuestros escritores satíricos del Siglo de Oro.

    Las posturas más inteligentes ante el insulto son el humor –aumentando incluso el defecto que se nos atribuye, hasta alcanzar la caricatura– o el desprecio que significa no hacer aprecio.

    En consecuencia, el insulto es la culminación de un fracaso personal, porque suele proferirse cuando se carece de argumentos dialécticos para explicar, convencer o justificar algún hecho o circunstancia, se pierden el sentido de la mesura y la serenidad y, como consecuencia, el dominio de los propios impulsos.

    En última instancia, la degradación del lenguaje de algunos políticos, que se manifiesta también en sus discursos –vacuos, retóricos y con escaso contenido y peso intelectual, lugares comunes y reiteraciones–, revela su incapacidad para dar solución a algunos de los asuntos que verdaderamente preocupan a la Sociedad Civil.

    Parece que lo importante no es lo que se dice sino cómo se dice.

    18 jul 2020 / 01:27
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