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El mal del cortoplacismo

    EL CORTOPLACISMO nos daña y el largoplacismo nos confunde. Los políticos optan por el primero, pues siguen, sabiéndolo o no, la sentencia de Mateo: “Cada día tiene su afán”. Aunque en realidad dice que “el día de mañana tendrá su afán”. O, incluso, algo más terrible: “Cada día nos trae su propio mal”. La política utiliza pues esa advertencia bíblica, que es la misma, lo digo sin ofender, a la que utiliza el Cholo Simeone: “partido a partido”.

    El cortoplacismo es propio del decorado electoral. Ya no hay vacío ni descanso entre las elecciones, sino que una campaña sustituye a la otra. Que el ritmo no pare. La única forma de mantenerse con seguridad en pie es perpetuando el movimiento: el que se detiene, se cae.

    Muchos creyeron ver en ese documento de Sánchez sobre 2050 un inusitado intento de proyectarse hacia el futuro, por evitar el recuerdo de los malos resultados de las elecciones de Madrid. La proyección tiene algo de visión de lo desconocido, es un ejercicio de política ficción o un trabajo de los augures y gurús, que para eso están. Pero, al final, vuelve lo inmediato. La maquinaria de los días.

    Rápidamente entró el asunto andaluz, donde se dirimen primarias con las espadas en alto. Y también las preferencias de Moncloa. Rápidamente entró la política
    con toda su batalla del aquí y
    ahora: los indultos y la aparición súbita de Junqueras, con toda
    su energía místico-política. Uno
    de los milagros de mayo, aunque sea en junio.

    El cortoplacismo obliga a la política a descender a lo terrenal, a lo infernal incluso. Esa proyección de 2050 tiene la limpieza (y quizás la utopía) del futuro desconocido, y al tiempo libera mucho del ruido de las cañerías y demás desempeños de la sección de fontanería, que atiende las urgencias.

    Biden, por ejemplo, llega a Europa con una cartera de futuribles, algunos más filosóficos que políticos. Está muy bien, pero el cortoplacismo le obligará a descender a las guerras heredadas del comercio global, mientras atiende el capítulo de la emigración, uno de los más difíciles del momento.

    Cualquiera puede tener el deseo íntimo de dejar una atmósfera que recuerde a Roosevelt (dicen que Biden quiere parecerse a él), pero todos los días, ay, traen su propio mal. Al político, al estadista, se le pide que imagine cómo será la vida cuando ya no esté. Cuando ya no estemos muchos de nosotros. Una tarea que le acerca a su condición de semidios, ya puestos, con toque de chamán de la tribu (eso siempre está ahí) y visionario con posibles. Pero el presente es terco como una mula y se niega a que hablemos de los androides.

    Sólo los científicos parecen libres (no sé si suficientemente financiados) para trabajar con la mente en otro lugar. Ellos están ya en la vida futura en Marte y la Luna, y preparan los androides que soñarán con ovejas eléctricas (retozando en horario valle, por favor), cuando el cielo esté sembrado de drones, y no de vencejos, aquí abajo. Hasta sabrán imitar el trino de los pájaros. Hay que hablar del futuro del planeta ya: pero cada día nos trae su propio mal. Y no hay peor mal que el cortoplacismo, que nos hará más ciegos.

    11 jun 2021 / 01:00
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