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El Premio

¿Cuál va a ser si no? Nos referimos al más grande de nuestro país. Al Planeta, claro. Hace 27 años exactos que llevo asistiendo a él. Me coincidió ir por vez primera al año siguiente de que se lo llevara Camilo José Cela; por cierto, Premio Nobel de Literatura (en otro capítulo me aseguraré de que se enteren de que también asistí a la entrega de este otro galardón, allá, en Estocolmo, en unas condiciones realmente excepcionales). Aquél era el de Fernando García Delgado (hoy, miembro estable del jurado junto a, entre otros, los también premiados Carmen Posadas, Juan Eslava Galán y Rosa Regás) en 1995, que lo había conquistado gracias a La mirada del otro. Era una época dorada. En poco tiempo, por allí, por la Barcelona más feliz de todos los tiempos, pasaron docenas de autores absolutamente maravillosos. Una época de descubrimientos asombrosos, como el de Juan Manuel de Prada, (recuerdo al viejo Lara, que lo comparaba, por cuestiones sentimentales, con su propio hijo desaparecido) que se lo llevó en 1997, o Espido Freire, que lo alcanzó con Melocotones helados en 1999, muy poco después de haber editado una de las novelas más brillantes que se publicaron por aquellos años, la inconmensurable Irlanda. Que luego lo obtuviera Maruja Torres era lógico y normal. Y cuando se lo dieron a Bryce me llevé la alegría de mi vida...

COINCIDENCIAS. El hecho de que me alegrara tanto de que, en el año 2002, se lo dieran a Alfredo Bryce Echenique por El huerto de mi amada era porque a este muchacho ya lo había conocido antes por una entrevista que le habíamos hecho unos compañeros y yo para la revista multidisciplinar Tintimán, dirigida por el incombustible Javier Moreda, a cuenta de la, entonces, reciente publicación de su enorme novela La vida exagerada de Martín Romaña, editada en 1985, cuando uno militaba en el extinto El Noticiero Universal de la Ciudad Condal, junto al editor, por aquél entonces, de Plaza y Janés, justo la casa que se había encargado de publicarla, el entrañable Enrique Badosa, que cumplía funciones de jefe de cultura de tan crucial vespertino (el mismo que, poco después, me presentó ni más ni menos que a don Gonzalo Torrente Ballester cuando bautizó Quizá nos lleve el viento al infinito). Así que ya ven que mi experiencia en el Planeta ha sido, desde el principio, esencialmente, muy fructífera. Y que, por cierto, todo ello me ha llevado a tener unos contertulios la mar de salados e interesantes, curiosamente a la cabeza de la creación hispana de estos tiempos: Eduardo Mendoza, Javier Cercas, Silva, Sierra, Posteguillo, Dolores Redondo... En fin: una maravilla, señores...

17 oct 2022 / 01:00
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