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El valor y el honor

    DECÍA Oscar Wilde haciendo alusión a los días por los que a él le tocó deambular en este camino llamado vida, que la gente en general sabía el precio de todo y el valor de nada. Esta reflexión me hace llegar sin pretenderlo a la conclusión de que –con problemáticas diferentes que abordar– la vida sigue siendo igual.

    Lo que no sé todavía es si esto supone para mí un consuelo o todo un tormento, pero como me toca seguir haciendo camino por estas tierras, procuraré verlo como una especie de luz difusa en un túnel en el que siempre se acaba encontrando una salida para que todo continúe avanzando, tal y como así ha sucedido a lo largo de la historia.

    Han pasado ciento veintiún años desde el fallecimiento del genial dramaturgo y escritor. Ciento veintiún años que han logrado hacer evolucionar y retroceder a la sociedad a partes casi iguales, probablemente porque las personas siguen siendo las mismas: con principios y sin ellos. Y estas gentes de un tipo o del otro, generación tras generación, van inculcando a sus descendientes lo que a ellos les parece mejor y peor. Pero resulta que lo que para unos es palabra de Dios, para otros representa toda una miseria.

    Así que seguimos viviendo entre gentes de todo pelaje, con la falsa creencia de que todos aquellos a los que se les atribuye una buena posición o educación están en posesión de la verdad absoluta; mientras los que provienen de ascendientes considerados como menos ilustrados o más desfavorecidos económicamente hablando, para algunos no tienen el peso específico suficiente para transmitir nada bueno a nadie.

    El valor es enfrentarse a uno mismo y a su psique cada día, ser consciente de sus limitaciones y de sus cualidades y salir al ruedo sin complejos ni prejuicios. Es abrir puertas que están aparentemente cerradas, adquiriendo para ello las herramientas necesarias según el tipo de inteligencia del que goce cada cual, conformarse con lograr romper solamente un agujero, tomar conciencia de la realidad y seguir buscando el objetivo sin atisbo alguno de rendición definitiva.

    La valentía es, además, hermana de un honor que nos recuerda cada día que no hay mayor compromiso que la palabra ni mayor obligación que la de ser leal a uno mismo, pero sobre todo, a los demás. A los que han depositado su confianza en nosotros y cuya ayuda jamás nos ha faltado. A aquellos cuyas agresiones recibidas, se transforman en las nuestras.

    Y una vez que se conocen de primera mano un valor y una honorabilidad que no entienden de condición, no hay marcha atrás. Es entonces cuando se sabe que el precio es algo muy diferente. Algo superfluo. La carátula del disco, porque todo lo que se puede traducir a dinero y –a pesar de lo que en ciertos momentos pueda parecer– es barato para alguien. Sin embargo, en ningún mercado se pueden adquirir los principios ni los valores que convierten a los seres humanos en personas y que crean las verdaderas diferencias entre unos y otros.

    Así que, admirado Oscar, yo sí entiendo la diferencia que tanto te atormentaba, como estoy segura de que también lo hacen infinidad de personas que, a veces y tal y cómo me sucede a mí, se sienten extraterrestres entre humanos. Algo así como Gurb en Barcelona, en la magistral obra de Eduardo Mendoza, pero sin más humor que aquel que nos evocan aquellos que continúan confundiendo el precio con el valor.

    14 sep 2021 / 01:00
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