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Reseña Musical

“Ensemble Novecento”: Ciclo Schubert en el Paraninfo da Universidade

    Dos obras schubertianas en este ciclo propuesto por la “USC” y que viene ofreciéndose en el Paraninfo da Universidade-20´00 h.-, esta vez a cargo del “Ensemble Novecento” que integran Ildikó Oltain-violín-, Joana Ciobotaru-viola-,Milán Abeledo Malheiro- chelo-,Carlos Méndez- contrabajo- miembros de nuestra “”RFG”, a los que se añade el siempre incondicional pianista Javier López Jorge. Como entrante, una obra para ponerse a tono, el “Trío para piano, violín y chelo, en Si b M. D. 28”, un trabajo especialmente connotado por su evolución y circunstancias, pieza que comenzó a tramarse en el verano de 1812 y que para analistas prestigiados en función de su tratamiento instrumental, deja la idea de que resulta un posible compromiso para los compañeros íntimos del Konvikt, que le ayudaban sentirse acomodado ante tantas adversidades exteriores. El músico parecía no sentirse a gusto consigo mismo y será una constante que le condicionará toda su vida hasta su prematura muerte a consecuencia de uno de los males endémicos que segarían generaciones durante décadas.

    En definitiva, no será pues un entretenimiento pensado para su apacible ambiente familiar, más pensado para el género de grandes resultados, en el estilo del cuarteto de cuerdas. El manuscrito del trío, lleva curiosamente el título de sonata, por lo que en ciertas ocasiones, se le considerará como una sonata en un movimiento, no se le conoce pues más que en un único movimiento, “Allegro”. La mención de “Fine”, en el compás final, además de la escritura compleja en cada una de las partes, podrá hacer pensar que con seguridad en el ánimo del compositor la obra estaba ya concluida, sin pretender mayores ambiciones, pensando en el destino al que iba dirigida. Si el desarrollo en el “Allegro” es sencillamente sucinto, la exposición, lo mismo que la consecuente reexposición-ésta sobradamente ensanchada-, prueban efectivamente la usual actitud imaginativa en un talento juvenil. Nunca perdió en su corta vida, ese espíritu naif que le granjearía el afecto de sus íntimos. Un flujo permanente en su escritura, próximo si cabe a F.J. Haydn El tratamiento del piano, por un lado, la insistencia de las cuerdas sobre las notas repetidas y la abundancia de pequeños motivos secundarios, muestran rasgos propios de un estilo que será un referente del género camerístico.

    Para ratificarlo, esa obra cumbre que es el “Quinteto con piano en La M. (La trucha) D. 667”, obra embriagadora por excelencia en toda su extensión. Vino como consecuencia de uno de sus retiros placentero en Steyr y con seguridad se completó en Viena, como resultado afectivo de otro de sus compañeros, Sylvester Paumgartner anfitrión de Volg. Quedan a poca distancia, algunos de sus mejores cuartetos y sonatas, ya que estamos a la altura del otoño de 1819, y muchos de los avezados especialistas, sentenciarán a capricho que estará claramente influenciado por el entonces gran dominador Hummel y en concreto por su quinteto. Será la historia quien definitivamente tenga la última palabra. Es verdad que esa obra de Hummel, para mayor abundamiento, no tendrá su edición hasta 1821, casi dos décadas después de haber sido escrito.

    El quinteto schubertiano apuesta por la tonalidad de La M., tonalidad cálida y de buen ánimo, como lo había sido también la “Sonata”, compuesta en Steyr, o la serie de danzas parejas. Cinco sublimes movimientos y cada uno en su respectiva actitud: “Allegro vivace”, “Andante, en Fa M.”, “Scherzo, en Re; “Trio, en Re M.”; “Finale Allegro giusto, en La M.”. La obra se interpretó con seguridad hacia finales de 1819, precisamente en Steyr, en la residencia del mentado Sylvester Paumgarter, aunque tardaría en publicarse casi una década, con iniciativa de Joseph Czerny, hombre de sapiencia e instinto, que la daría a conocer como “Op. 114”. Desde el “Allegro vivace”, que da entrada al quinteto, constatamos dos evidencias: el papel cantante y melódico del chelo, asistido con gracia por el contrabajo, que se limita a seguirle sin premuras, y con un papel del piano casi a la sombra, sin otras pretensiones.

    El Re M., del “Trio”, sirve de puente para la entrada del tema con variaciones, en esa tonalidad, primera vez que el compositor encara el estilo de las variaciones instrumentales, precisamente sobre un tema muy querido, que no es otro que el conocido lied de “Die Forelle D. 550” (La trucha), primordial en el conjunto de esta perla camerística. Aunque el lied venía marcado por la tonalidad de Re b., el autor acaba decidiéndose por la de Re M., más clara y fácil para el conjunto instrumental que se reunía en Steyr. Al margen quedará igualmente la idea textual del apreciado lied, acentuando con voluntad requerida por esta obra que demanda una idea más alegre. Del propio lied, pretende mantener su aire de frescura. El tema resultará pues remozado en la exposición de las cuerdas solas dejando la primera variación para el piano, a la par que las cuerdas dibujan con gracia rápidos arabescos, en tresillos o seisillos.

    04 may 2021 / 01:00
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