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Ernesto Mallo: ¿dónde está Lascano?

En términos de novela negra hispanoamericana es relevante

– y diversa – la producción argentina y dentro de ella mi favorito es Ernesto Mallo, novelista, dramaturgo, colaborador de prensa y antólogo. A través de un Buenos Aires nocturno, pasional y violento, le ha paseado sus nostalgias y tristezas al comisario Lascano, de la Federal capitalina; al “perro” Lascano, curtido en desengaños y naufragios, en pérdidas y ausencias. Tal vez por ello no lo ha reintegrado a la más reciente de sus historias La ciudad de la furia (Ed. Siruela, 2021). Sinceramente, lo echamos mucho de menos, pues a nuestro entender la trilogía que su emblemático personaje ha protagonizado es lo mejor que ha escrito.

La ciudad de la furia evidencia dos circunstancias habituales en lo negro: la violencia y el protagonismo urbano. Urbano, a lo que se añade una atmósfera de contrautopía rematada finalmente en desastre. En todo caso, del conjunto de materiales que el novelista maneja es aquí la pobreza de las villas-miseria que ciñen a la gran ciudad. Lo más llamativo. A la más escandalosa miseria, al crimen y la delincuencia se dirige la mirada de los acontecimientos que encadena la historia en número excesivo, en un continuo encabalgamiento –la acción fluye con cierto atropello, acumulativamente– sin que nada apenas adquiera una evolución de cierta solidez, ni siquiera en el desenlace. La trama, lineal hasta el último tramo, adquiere un punto de fusión entre la realidad y su transposición a los juegos de la PlayStation que hoy siguen tan de éxito y moda.

La convergencia de sucesivos personajes en la misma –ceñida a un crimen que afecta a un todopoderoso personaje de la política, las finanzas, la Justicia y el crimen– deriva en una falta de protagonist-eje que pudiera haber sido el fiscal (luego juez) Diego Saralegui, que no es sino un pobre fantoche, marioneta de todos, pues todos son la misma corrupción, idéntica inmoralidad, partícipes de la apocalíptica amenaza final de la vida, las gentes y la realidad del país. Salvo tal vez la figura de Erhard, ninguno de los personajes llega a tener verdadero relieve o personalidad definida. Y, como detalle, no compartimos el uso de la cursiva y los puntos y seguido en los diálogos de este libro, cuando nuestra tradición escrituraria va por caminos totalmente distintos (también en textos teatrales, como sabe de sobra el novelista).

Con no poca sensación de maraña, de objeto formalmente poco acabado y con una trama narrativa inestable, esta novela, sin embargo maneja casi todos los resortes que pueden observarse en el género negro argentino, sobre todo la bien mascada contigüidad entre los sectores civiles, militares, económicos y los de la corrupción y el delito. Esta imbricación se sitúa en la realidad más profunda del país y resulta una lacra imposible –o eso parece– de eliminar.

En lo que hace al ritmo narrativo, resulta tan abrupto como acelerado, con contrastes muy marcados en unos momentos por una prosa como telegráfica, en cortes reiterados, y en otros más sostenida, más elaborada. La dictadura militar de los setenta, algunos flecos del peronismo, el recuerdo de las Malvinas e incluso la pandemia que sin cesar
–por ahora– nos aniquila, junto con una deplorable imagen general, nos asaltan mientras leemos esta novela que de ninguna forma se compara con las de Lascano. Por eso se dice aquello de que las comparaciones son odiosas... sobre todo para uno de los comparados Lascano es toda una jerarquía.

29 ene 2021 / 00:00
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