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Feijóo siempre perdía con Touriño

    CONCLUYEN los analistas políticos que Sánchez rebajó el tono agresivo contra Feijóo en el último debate en el Senado para no entorpecer las negociaciones sobre el poder judicial, dicen que a punto de cristalizar. Si es así, poco bueno dice de nuestra clase política, cuyos principales partidos no distinguen entre lo irrelevante, un rifirrafe parlamentario, y algo tan importante como es normalizar la actividad de uno de los tres poderes del Estado, alejándolo de interferencias partidistas para garantizar su independencia.

    Sin plantear una enmienda a la totalidad de esta interpretación sobre el giro dado por el presidente me inclino a pensar que el cambio en las formas se debe fundamentalmente a urgencias demoscópicas. Los insultos, que se emplean a falta de argumentos, penalizan al dicente y benefician a la víctima. Además tapan o diluyen los pomposos anuncios gubernamentales. De hecho, ninguna encuesta realizada por un organismo independiente otorga hoy mayor respaldo a Sánchez que a Feijóo y todas coinciden en la caída del PSOE por debajo de las últimas generales sin que se vea compensado por una subida de Unidas Podemos. De ser así, sería imposible reeditar la coalición ni siquiera con la muleta del independentismo.

    Es natural que en el PSOE duden de la estrategia a seguir. Si actúa con dureza, insultos incluidos, resta parroquia a Díaz y asociados. Si se ablanda puede crecer Unidas Podemos dividiendo el voto de izquierda, que la ley electoral castiga.

    Otro error de Sánchez es abusar de los tiempos de intervención. La norma en el Senado permite al presidente hablar por tiempo indefinido mientras que a su adversario se le tasa. Pero la norma no le obliga a duplicar o triplicar su duración. Hablar demasiado es contraproducente, por lo que le convendría mirar el reloj. Tener mayor posesión de la pelota no garantiza el triunfo.

    Yerra también el presidente, aunque sus efectos solo afecten a su partido en Galicia, cuando desprecia la voluntad electoral de los gallegos que confiaron en Feijóo en cuatro ocasiones para gestionar los asuntos públicos. Es posible que en el resto de España todavía perdure, supongo que solo en el subconsciente, el concepto peyorativo de gallego, aquel con que una destacada política hoy en decadencia rebuznó hace unos pocos años. El respeto a la voluntad popular manifestada libremente es el primer mandamiento para cualquier demócrata. Estoy seguro que Sánchez no define el gentilicio gallego con la acepción suprimida del diccionario de la RAE hace ya unas cuantas décadas sino que el desliz está causado por hablar en exceso, sin límite de tiempo. Desde el PSdeG de Formoso, Besteiro y Miñones debieran mandar recado.

    La mayor virtud, o única según algunos, de los cara a cara en el Senado radica en el mensaje de estabilidad institucional que desprenden. Centrar el debate político en dos líderes es una invitación a la vuelta a los tiempos, los mejores de la historia de España, del bipartidismo, aquellos en que PSOE o PP gobernaban sin ataduras o, como mucho, con apoyo parlamentario de los nacionalistas moderados vascos y catalanes. Por eso, dada la complejidad política de este momento, al país le interesan estos debates y en el plano personal más a Feijóo que a Sánchez.

    Un líder no se hace en dos días. Necesita un escaparate, como el que tuvo en el Parlamento de Galicia cuando el bipartito. Recuerdo que, a tenor de los comentaristas de la época, Feijóo siempre perdía con Touriño. Lo importante es participar.

    20 oct 2022 / 01:00
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