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Hay que volver al Espíritu de Europa

    VI a la gente de Eurovisión cantar. No tengo demasiado apego por el certamen, pero suelo pensar que es una de esas cosas europeas que nos unen. Ahora hay más. En realidad, se dan elementos integradores y desintegradores. Todo al mismo tiempo. Estamos en un momento de gran incertidumbre en el que, precisamente por eso, hay urgencia por tomar decisiones. Se busca una estabilidad, algo que sujete a los caballos desbocados de la guerra. Se busca volver a la razón, alterada gravemente en las últimas semanas. Pero una niebla densa se extiende sobre el futuro.

    Europa empieza a acostumbrarse a escenarios incómodos. Incluso impensables. Son muchos los frentes de Bruselas, y no pocos internos. La propaganda ha ido devorando todo lo que parecía sólido: la construcción política, lenta, poblada de obstáculos, pero razonable y democrática. La grandeza de ser países abiertos, que buscan un cosmopolitismo constructivo y comprensivo, que desean conocer culturas, lenguas, gentes. Todo eso se ha socavado con astucia, o, quizás, habría que decir que con malas artes.

    Empezamos a barruntar los nuevos vientos desde la victoria de Trump, y ese afán de Steve Bannon (¿se acuerdan?) por traer a Europa el ciclón de una política que debería arrasar a los melindrosos intelectuales, que acabaría con tanta pasión por el conocimiento. Importar la infección. ¡Al poder la simpleza! ¡Mejor no saber, porque el árbol de la ciencia sería sombrío y triste! No intentéis la sabiduría: mejor disfrutad de la ignorancia. Ese era el mensaje. Y entonces supimos que las democracias quizás no gustaban a algunos. Y la crisis creó grandes escépticos airados: justo lo que necesitaban.

    Todo eso pasó. Y ahora, tiempo después, comienza a brotar la semilla entonces sembrada. El ensayo de la política sin matices, apoyada por maniqueos dispuestos a acabar con cualquier atisbo de opiniones diversas. Si Trump fue un ensayo, tal vez la guerra en Ucrania también lo sea. Es posible que Europa se enfrente a un peligro mucho mayor del que pueda imaginar. No sólo militar, sino el peligro de destrucción de la cultura, de una forma de ver la vida y la libertad. Europa no puede construirse bajo la amenaza constante, Europa no debe construirse contra nadie, pero, en estas circunstancias, resulta difícil elegir. De momento, hay una parálisis en marcha. La economía utilizada como arma. La energía utilizada como arma.

    No soy particularmente ‘eurovisivo’, pero mientras veía pasar esas canciones, esos jóvenes intérpretes, pensaba en la grandeza de la pluralidad de Europa, en la mezcla de lenguas y de voces, en la maravilla de la diversidad, en las gentes que se reconocen como cercanos en los territorios del arte, que atraviesan fronteras sin pensar que sean obstáculos, que se funden con influencias de unos y de otros, sin preguntar por razas, ni colores, sólo celebrando un futuro que, ay, van a tener difícil. No es Eurovisión, es la celebración colectiva. La idea de Europa que ahí, en ese festival tantas veces denostado, por unas u otras razones, curiosamente aún existe, esa amistad entre los pueblos que algunos quieren destruir, la construcción de un territorio común para el progreso, que vuelva a colocar en lo más alto la razón, la ciencia, el talento, y nos libre del mal de la ignorancia y la barbarie.

    15 may 2022 / 01:00
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