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Hinchas no, sólo votantes

    LOS CIUDADANOS tenemos que liberar a los partidos de sus frases, sus definiciones y sus obsesiones. No se molesten: no se trata de tener seguidores, tampoco hinchas, sino votantes. La realidad no es una red social. Tampoco un escaparate para la publicidad. Los ciudadanos no debemos seguir de forma acrítica a los partidos, ni ajustarnos a sus catecismos, sino que son los partidos los que deben modelarse y encajar con los ciudadanos. Y con la vida. El partido no es una religión ni un dogma, no debe serlo.

    Ahora, con la legislatura calentándose, los partidos intentan ofrecer un rostro atractivo. Como en la naturaleza, es necesario mostrar algo que atraiga a los demás, ofrecer las mejores plumas, los colores más brillantes, demostrar que lo tuyo es lo que perdurará. Paradójicamente, eso puede tensionar las uniones coyunturales.

    Lo que sucede es que la realidad es poliédrica, aunque estén de moda la simpleza y el maniqueísmo, aunque se promueva con descaro la ignorancia. Es el peligro de manejarse con unos cuantos conceptos de diseño, como si la filosofía hubiera quedado para envolver pescado.

    El desprecio a lo intelectual se ha colado en la política, que no quiere ni oír hablar de pensamientos profundos, porque no encajan en el juego directo de este tiempo. No lo dirán, pero creen manejar el cotarro con unas cuantas palabras clave, de tal forma que la cultura empieza a ser no sólo redundante, sino un estorbo. El estorbo del conocimiento.

    El adelgazamiento del debate sirve a las pantallas, a las imágenes y, desde luego, a las redes sociales. Se responde al improperio, al insulto, porque es semejante a lanzar una piedra, no tiene más argumento. Conviene la simpleza a la barbarie. Y sienta como un guante al desconocimiento, pues no hay que lidiar con nada que no sea la emoción, el gusto y el disgusto. Cuando la política comprendió que el manejo de las emociones elementales era un arma poderosa, la razón y la ilustración saltaron por la ventana. Y no han vuelto.

    En la jungla electoral, que se atisba a lo lejos con sus frescos racimos, comienza el juego de la seducción. Habría que recelar de las ideas contadas como un cuento infantil. Los ciudadanos pueden procesar pensamientos críticos, pueden ir más allá de los antagonismos de manual.

    Reducir la batalla mediática a los señuelos o a las posturas, aunque ambas cosas tengan que ver con la melodía de seducción de la naturaleza, implica que muchos han olvidado la complejidad del mundo, arrastrados, quizás, por esta atmósfera de puerilidad en la que navegamos, mayormente sin carta náutica. No descarten el efecto contagio en las alturas: una epidemia, sí.

    Finalmente, la lucha de los liderazgos brillará mucho más que la lucha de las ideas. Amamos y odiamos, como Catulo: pero en prosa. Personas, argumentos ‘ad hominem’, un poco de manual y argumentario, ese catálogo de verdades mediáticas, ese perejil de la consabida letanía. Ese aderezo.

    Ayer Juan Cruz entrevistaba en ‘El País’ a Gustavo Martín Garzo, que acaba de publicar ‘El árbol de los sueños’ en Galaxia Gutenberg. Nos hacen falta soñadores para luchar contra el derroche de la simpleza. Los sueños implican una lectura poética de la realidad, y, a su vez, la complejidad del pensamiento. Le dijo a Juan Cruz: “Hay una falta de inteligencia en la política actual que es muy de lamentar”. Inteligencia significa complejidad, ausencia de dogmas, pensamiento crítico, profundidad cultural, armonía entre distintos, espíritu compasivo, búsqueda de la alegría, fin de los egos.

    26 oct 2021 / 01:00
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