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Internacionalizar el miedo

    ES VERDAD que la guerra en Ucrania parece ponerlo todo en el ámbito internacional. Todo es otra vez global, pero en el mal sentido. Se transmite la tensión y el miedo por las vértebras de Europa, hay desafección y preocupación por las terribles cifras económicas, las facturas de la luz (Sánchez ha bajado el IVA a la desesperada), las gasolineras se han convertido en templos. Putin ha logrado internacionalizar el miedo, quizás no tanto a la guerra, aunque también, sino a la falta de cereales y de gas, esas cosas de las que nos alimentamos. Todo está inventado, y, como en Roma, la falta de cereal sigue asustando. Por entonces España era granero del imperio, pero parece que ya no.

    En dos telediarios hemos pasado a algo peor que la pandemia. Nos quitamos la mascarilla, eso sí, pero resulta que siempre hay algo que, aunque haga buen día, viene y lo jode. Los adalides del patriotismo publicitario, los que apuestan por un localismo glorioso, o los nuevos británicos del fantástico aislamiento, mandan ahora a los líderes a remojar sus barbas, les dicen que confiaron demasiado en el buen rollo internacional. Lo que sucede es que ha ganado la política de la tensión: muchos se han aficionado a ella, ya decíamos ayer, el gesto desabrido como saludo mañanero, para que todo el mundo sepa por donde pisa. El mundo está cabreado como la naturaleza. Vivir así es morir.

    No es que el terremoto de la guerra no esté dando graves problemas, y los que se avecinan. Nada bueno puede salir de la violencia, la destrucción y la muerte. Los líderes, sobre todo en Europa, están viendo que se junta el hambre con las ganas de comer. Los males de la invasión generan ondas gravitacionales que hacen vibrar el terreno, erizan las oficinas diplomáticas, donde también aparecen malos rollos, y aunque Zelenski ha logrado una unanimidad verdeoliva y televisada, y va a entrar en Europa con el tiempo, lo cierto es que los líderes ven que se les complica la cosa en casa, que el reforzamiento espiritual de Europa, o lo que sea, es una consecuencia de la guerra, la búsqueda del paraguas común, lo que, en teoría, debería bajar los humos a los euroescépticos. Pero no está tan claro que vaya a suceder.

    Porque, aunque aquí vuelve el bipartidismo, según todos los síntomas, en otros lugares la mala economía, la insatisfacción, el descrédito, están llevando a poner en jaque a los gobiernos aparentemente estables, en favor no sólo de los extremos, sino en favor de los que no creen en Europa y desean volver a los castillos. Que se lo pregunten a Macron, que huele el peligro.

    También Sánchez ve el desgaste de materiales, no sólo por las elecciones andaluzas, sino por todas las consecuencias del vendaval contemporáneo. Sabe que la gente mira el bolsillo, puede votar con el bolsillo, pero no sólo. Feijóo apuesta por no molestar a la peña, ni un grito ni un tuit, pero ya veremos. Las democracias andan atacadas por la debilidad global, por el infinito malestar. Le Pen ha vivido de eso, también Mélenchon, y ya se han subido a las barbas de Macron, que es lampiño. No se bajan del burro: creen que tocarán el pelo del poder, tarde o temprano, más que nada por lo de a río revuelto, etcétera, y en Bruselas creen que, si cae Francia, puede caer todo.

    23 jun 2022 / 01:00
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