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Jambrina

“El Camino, para algunos romeros, más que de perfección, parece de perdición, ya que lejos de apartarlos del mal camino, les ofrece más ocasiones de pecar”. La frase pertenece a Fernando de Rojas, el celebérrimo autor de La Celestina. Y a mí me recuerda, antes que nada, a un amiguete salmantino muy conocido, que tenía por costumbre peregrinar a Compostela con cierta frecuencia, pero no por las razones tradicionales, sino única y exclusivamente para ligar. Un día me contó sus aventuras y me quedé de piedra. ¿Extraño? Pues resulta que no tanto. Los motivos para jacobear siempre fueron variopintos. Uno, el de hacerlo como penitencia. Otro, por devoción religiosa, o bien para cumplir un voto o alguna promesa por algún bien recibido. Otro, de forma obligada o forzada, impuesto por algún tribunal eclesiástico o civil, como consecuencia de un delito grave, en especial si el romero era clérigo y había incurrido en homicidio, sodomía, robo de los bienes de la iglesia o sacrilegio. Otra forma era la delegada, e incluía una curiosa variante testamentaria que incluso estaba remunerada, por el sufragio del alma del testador. Había, cómo no, un peregrinaje en busca de aventuras y, finalmente, el más curioso de todos: el de los falsos peregrinos (como mi amigo), que se disfrazan para mendigar, delinquir, hacer negocios o echar una cana (o muchas) al aire...

EL MANUSCRITO DE BARRO. De todo lo referido da fe el notabilísimo narrador Luis García Jambrina en su último libro, llamado El manuscrito de barro, editado por Espasa. Vuelve a retomar a su personaje estrella, precisamente aquél que citábamos al principio, Fernando de Rojas. Estamos a principios de 1525, y el escritor es llamado a presencia de Juan Pardo de Tavera, recién nombrado Arzobispo de Santiago. Éste le hace un encargo harto delicado y peligroso que atañe a su habitual papel de pesquisidor (en resumidas cuentas, un investigador criminal de la época). Se están produciendo asesinatos rituales en puntos clave del Camino Francés. A las víctimas se las ha derribado de un golpe en la cabeza y aparecen con una puñalada en el pecho. Una firma se repite bajo los cadáveres: una Y. Parte a su destino acompañado por alguien que le ha impuesto Pardo, el archivero Elías do Cebreiro. El autor construye sobre este armazón una apoteósica novela de aventuras en donde el mal no siempre se presenta en los sitios más lógicos. Luchas por el poder, el contraste entre el Renacimiento entrante y la ortodoxia cristiana, la sombra de Prisciliano, la mezcla casi invisible de lobos y corderos. Y, además, unos acertados giros de trama y un final de infarto. Jambrina, amigos, es un tesoro nacional...

Ars longa, vita brevis

Fondue. Idónea para estos desagradables y fríos días. Uno de los platos más sustanciosos (y contundentes) que conozco es la Fondue de queso. Uno se aficionó en Ginebra, naturalmente. Y luego fui probándola en sitios tan maravillosos como en casa de Guillén, que había residido allí bastantes años. La más común lleva emmental, gruyère y appenzellern, aparte de kirsch, vino blanco, maicena, ajo, zumo de limón, pimienta y nuez moscada. La de la Suiza oriental sustituye el emmental por tilsit, y añade sidra, aguardiente de manzana o bien calvados, y la de Friburgo tiene vacherin y una generosa cantidad de cayena (¡¡¡Ojo!!!)...

01 feb 2021 / 00:47
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