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La artimaña como vocación

No podemos elegir si vamos a nacer o no, ni tampoco decidir si tenemos que morir, o no hacerlo, porque no nos apetece. Por eso muchas religiones y filosofías dicen que nuestra condición es un estado, en el que hemos sido arrojados a un mundo extraño. Tenemos que sobrevivir en el mundo donde nadie regala nada, y para poder subsistir necesitamos unos medios materiales, que la mayoría obtiene con su trabajo. Se puede ser muchas cosas en la vida y cada uno puede tener un trabajo diferente, pero no siempre es posible elegir la actividad que nos va proporcionar el sustento.

Cada cual posee unas capacidades distintas, que en parte son innatas y en parte adquiridas, y sería desarrollando plenamente esas capacidades como las personas podrían llegar a ser más felices y a la vez más útiles para las sociedades en las que les ha tocado vivir. Los psicólogos han descubierto que no hay una única inteligencia sino inteligencias múltiples. Una personas pueden tener extraordinarias capacidades matemáticas, y muy pocas literarias, musicales o técnicas. Y esas capacidades no solo son las propias del razonamiento abstracto, sino que también pueden ser sensoriales o manuales.

En la Edad Media defendían los teólogos que Dios quiso que hubiese tres clases de personas: oratores, bellatores y laboratores. Es decir, los que rezan, los clérigos, los que combaten y protegen a los demás, los nobles, y la mayor parte de la población, que es la que trabaja los campos. Los tres grupos eran iguales en importancia y se completaban entre sí, al menos en la teoría. Formaban un todo armonioso y perfecto, diseñado por Dios, y por eso se creía que el mundo estaba bien y que no era necesario cambiar nada. Cada persona debía cumplir lo que se llamaba su vocación, la llamada que Dios le había asignado en el momento de su concepción.

En la Edad Media los nobles lo eran por linaje y sus cuantiosos bienes los habían obtenido por herencia, o como recompensas y botines de guerra. Era muy difícil llegar a ser noble si no era por linaje, aunque los reyes podían conceder nuevos títulos nobiliarios, asociados siempre a las rentas que proporcionaban las villas y sobre todo los campos. Y también era posible para algún rico comerciante lograr que sus hijos accediesen a la condición nobiliaria con un matrimonio con hijos de familias nobles venidas a menos, que solían ser objeto de la burla como la del verso que decía: Espinosa de los Monteros/ muchos blasones y pocos dineros.

Además de las nuevas cartas de nobleza, nacidas de los servicios en la guerra, había dos medios de ascenso social: la Iglesia, en la que no era fácil que los pobres fuesen admitidos como frailes o clérigos, ya que los campesinos eran para ella la indispensable fuente de rentas, y el comercio. El comercio de bienes de alto precio y fácil transporte fue el principal medio de acumulación de dinero líquido y estuvo unido al mundo de las ciudades, y a veces a grupos específicos como los judíos, que actuaron muchas veces como banqueros, hasta ser sustituidos por los cristianos, laicos o religiosos. No en vano los franciscanos, fundados por un comerciante de Asís, crearon los montes de piedad para poder hacer préstamos sin necesidad de que la gente tuviese que recurrir a los judíos.

La ascensión social estuvo unida o bien la guerra y sus botines y recompensas, o a la creación inteligente de riqueza mediante el comercio, que requiere conocer los mercados y saber utilizarlos a nuestro favor, o bien al estudio -esencial en muchas carreras eclesiásticas- que permitía acceder a los cargos políticos que requerían conocimientos especializados en derecho, administración o arte militar.

La inmensa mayoría de la humanidad nunca ha podido, ni podrá, elegir en qué puede trabajar y de qué debe vivir. Para esos miles de millones de personas de nada les sirven ni sus inteligencias múltiples, ni para ellos tiene sentido su vocación. Y es que ya nadie cree que Dios haya diseñado un orden social perfecto, armonioso y justo, porque las ruedas que mueven el mundo son las despiadadas reglas del mercado, que hacen a unos muy ricos y a otros muy miserables, o la fuerza bruta de la opresión y la guerra.

Pero frente a la inmensa mayoría, hay unas minorías que si pueden elegir su vocación, con mayor o menor éxito, dependiendo de sus inteligencias, su formación y sus medios económicos. Se harán ricos en la empresa, la industria o las finanzas y mucho menos ricos ejerciendo profesiones que requieren conocimientos específicos. Si pueden, algunos de estos profesionales se convertirán en empresarios o políticos, o ambas cosas a la vez, porque es sabido que cuando el dinero supera unas determinadas cifras deja de ser economía para convertirse en política. En el mundo de las vocaciones hay dos que son antitéticas, pero que cada vez tienden más a confundirse: el político y el científico, y a ambas el célebre sociólogo Max Weber dedicó sendos ensayos.

Un científico, sea cual sea su especialidad, quiere dedicar su vida a la búsqueda y transmisión de un conocimiento difícil y especializado. Por eso aquello en lo que se siente más satisfecho es llevando a cabo los procesos de estudio, investigación y exposición de sus conocimientos. Su identidad es la de su profesión, su prestigio deriva de sus logros intelectuales, que son los que le otorgan el reconocimiento. Si además consigue riquezas, cargos y honores eso será un complemento, pero no lo esencial de su vida. Por el contrario el político no crea conocimiento. Su prestigio deriva de esa capacidad social a la que Aristóteles llamó prudencia. La prudencia permite al político adecuar los medios de los que dispone a los fines que busca. Pero esos fines han de ser de interés común, y de su logro deriva su prestigio. Si logra honores o se enriquece justa y legalmente eso, aunque sea importante, solo debe ser secundario para él.

Ha nacido una nueva vocación: la artimaña y su ejercicio, y un nuevo tipo sociológico : el arribista, al que describiremos en lo que Max Weber llamó su Idealtypus, o sea, su forma químicamente pura. Nadie encarna esa tipología de modo perfecto, pero miles de personas son reconocibles en ella, tanto por sí mismos como por los demás, en su ejercicio de la política y la actividad científica y académica.

Los héroes de la artimaña ni comparten los valores del científico ni del verdadero político, solo los utilizan como medios para su promoción personal como profesionales del arribismo, o sea, de la promoción social y económica a costa de todo y de todos. Saben los HA -a los que hay que denominar con siglas, porque es lo que a ellos les gusta-, que las cosas invisibles no se ven, a pesar de ser las más importantes. No vemos los virus, ni los genes, ni las partículas elementales, ni las ondas, pero son ellos los que determinan la realidad. Pero eso les da igual, porque ellos no quieren ser científicos, solo quieren parecerlo, para poder ocupar cargos y obtener beneficios de todo tipo.

Si lo importante es solo lo que se ve, consecuentemente lo que deben hacer los HA es representar un papel en un juego o en tablero. Los HA son ante todo unos figurantes, que imitan y copian lo que otros hacen. Nosotros no sabemos casi nada de ninguna de las ciencias de verdad: matemáticas, física, bioquímica..., solo las vemos desde fuera, a ellas y a quienes las cultivan. Es como si solo viésemos las máscaras de las ciencias, y no las verdaderas ciencias. Si somos honrados las ciencias, que están fuera de nuestro alcance, suscitarán nuestra admiración y nuestro interés. Si no lo somos, o las despreciaremos -lo que no lleva a ninguna parte- o nos conformaremos, como hacen los HA, con las ficciones de las ciencias; con los signos externos de los que están tan orgullosos los científicos que saben que no han creado nada importante, pero que están imbuidos de la irrenunciable pulsión de figurar.

Si yo quiero figurar y representar lo que no soy, debo desarrollar una serie de estratagemas, ser maestro en el arte de la argucia, manejar toda clase de añagazas, inventar excusas, mentir cuando sea preciso en aras del interés superior de mi promoción personal. Pero sobre todo debo hacer lo más importante: lograr mi ascenso social, político o académico. Como HA sé que siempre ha habido quién manda y quién obedece y que el lado equivocado es siempre el de los perdedores. Por eso debo intentar mandar y si hace falta humillar a los demás. Y como siempre habrá quien esté por encima de mí debo aprender a adular, a servir, a intercambiar favores y servicios, a comprar y vender lo que haga falta, y si hace falta también a estafar, naturalmente siempre dentro de los límites que marca la ley. Y es que si siempre las leyes fueron donde fueron los reyes, ahora, bajo el nuevo sol de los HA, la mezcla de la riqueza, la política y la pseudociencia han dado a luz un nuevo sistema legal en el que la única norma es la excepción, a medida de quien pueda pagarla. Parece ser que esto es lo que hay que enseñarle a las generaciones que han de sucedernos, caminando hacia el abismo, en el nuevo reino de la artimaña.

10 oct 2021 / 01:00
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