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La coleta trae cola

    COMO decíamos ayer, Pablo Iglesias ha vuelto a la pomada y a las televisiones sólo con una foto más y una coleta menos. Vivimos la política más publicitaria de la historia, aunque siempre hubo estrategas y diseñadores de la propaganda. Ahora basta un cambio de look para que hierva Twitter. En cambio, dices que has leído a Kierkegaard, como dirían Faemino y Cansando, esos genios, y no pasa nada. Pero nada de nada. Siempre habrá alguien que te lo afee, que no es lo mismo. Un flequillo, una coleta, una trenza, unas mechas, mueven hoy los ejes de la actualidad, queridos.

    Reconozco que Iglesias ha tenido el detalle de combinar el nuevo peinado con la lectura de un libro, algo así como las armas y las letras. No todos lo hacen: sacan peinado, pero se dejan el libro, que a mí me parece imprescindible (siempre que no salgas en la foto con él al revés: casos ha habido). La fotografía de Iglesias ha dado para muchas columnas y el que esté libre de pecado que tire el primer adjetivo. Nos gusta hablar de cosas simbólicas, y una coleta es un logotipo, ya decíamos, la marca de la casa.

    Ahora va a resultar que nos ponemos a mirar esta foto como hacían en aquel programa de feliz recuerdo, Mirar un cuadro. Llamaron a estilistas (no a Llongueras, me parece, que hubiera estado bien) para opinar del estilo renovado de Pablo Iglesias, y uno dijo que le pondría un vaquero (que ya lleva), unas converse, sin hacer publicidad, y una camiseta blanca, básica.

    Al final, te vas del Gobierno, de las elecciones madrileñas y de la dirección del partido y acaban convirtiéndote en un influencer de moda, o en un personal shopper, o sea, uno que te aconseja lo que te debes poner para dar una imagen concreta y transmitir un mensaje o una ideología: qué difícil es traducir personal shopper. ¿Es esto lo que quieren hacer con Iglesias? Escuché que quería hacer televisión, pero no creo que se refiriera a esto.

    Lo que le quitaban es la camisa de cuadros, que Iglesias lleva mucho. Parece que la Operación Final de etapa, o Final de ciclo, o Hasta el moño de la gestión política cotidiana, pasa por un reciclado de la imagen personal, no sólo basta con cercenar la coleta. Sin embargo, la coleta llevaba todo el peso de los últimos años, era todo un apéndice ideológico-capilar, funcionaba como receptor de agravios y de parabienes, y algunos creen que Pablo se la ha quitado como quien se quita el uniforme al salir de curro.

    Reconozco la buena mano publicitaria, de la que Pablo Iglesias ha dado muestra muchas veces. Viene a ser un marketing doméstico, vuelta y vuelta, sin necesidad de movidas ejecutadas por asesores sofisticados. No es la narrativa de Iván Redondo, que al final puede tener más capítulos que Amar en tiempos revueltos. Sánchez tiene que moverse entre cifras y letras, manejar un discurso que rellene esas horas ante la prensa, mientras Iglesias va y se hace una foto.

    La política se está especializando en señales breves, en destellos, en clips, en spots, instantáneas, polaroids, y así. Las redes, claro. Incluso los eslóganes empiezan a resultar excesivos, y todo se fía a los gestos. Necesitábamos más complejidad, más profundidad, para hacer mejor la democracia. Pero con tanta prisa, sólo nos quedan los emoticonos. Y, si acaso, pasar por el peluquero. Lo de Iglesias parece la foto del asueto, de la liberación, como quien se quita las extensiones del poder, quizás cada vez más incómodas.

    14 may 2021 / 01:00
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