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La desnudez de nuestra política exterior

    ¡CÓMO se adaptan a su entorno las naturalezas mediocres e inocentes!” (Victor Klemperer, LTI. La lengua del Tercer Reich. Apuntes de un filólogo).

    Cuando Arancha González Laya entró a formar parte del segundo gobierno de Pedro Sánchez como Ministra de Asuntos Exteriores, proclamó en su toma de posesión, con la pompa y circunstancia propias de un acto escenificado a su imagen y semejanza, que iba a “reposicionar a España en la Unión Europea y en el mundo” y a “inaugurar la Diplomacia del siglo XXI”. Algunos creímos que estas afirmaciones no sólo constituían un desaire para quienes la habían precedido en el cargo, sino que además eran un tanto prematuras, siendo preferible esperar al desarrollo de los acontecimientos. Al final, el tiempo acabó por darnos la razón con tres hechos que han terminado por poner en entredicho su gestión: la inoperancia de la Estrategia de Acción Exterior 2021-2024, la crisis con Marruecos por el caso Ghali y la judicialización de éste último.

    A mi juicio, la Estrategia de Acción Exterior no pasa de ser un catálogo de buenas intenciones, estructurado en cuatros grandes ejes de actuación, caracterizados a su vez por algunos conceptos abstractos, como feminismo, diversidad y sostenibilidad. En este contexto, llama la atención, primero, la confusión entre política estatal y política gubernamental: esta Estrategia es, sí, política de Gobierno, mas no política de Estado; segundo, la desconexión entre política exterior y política interna, pese a ser una y otra dos caras de una misma moneda: la realidad nacional; y, tercero, la indefinición, dentro de los fines, de objetivos concretos, delimitados no sólo por intereses propios, públicos y privados, sino también por intereses ajenos, bilaterales y multilaterales: ambos son determinantes en la escena internacional y sin embargo brillan por su ausencia.

    Si el enfoque de la Estrategia de Acción Exterior es completamente inoperante, el de la entrada en nuestro país del lider del Frente Polisario, Brahim Ghali, es un auténtico despropósito: un despropósito político, un despropósito diplomático y un despropósito legal. A mi no me cabe la menor duda que la decisión para permitir esta entrada fue tomada al más alto nivel, pues conociendo, como conozco, la forma de trabajar del Ministerio de Asuntos Exteriores, me resulta impensable que la misma haya partido de Arancha González Laya, y todavía menos, claro, de su jefe de gabinete, Camilo Villarino Marzo.Y que fue tomada, además, de forma irreflexiva, sin prever los efectos colaterales de la misma: la invasión de Ceuta por miles de jóvenes marroquíes, la llamada a consultas de la embajadora marroquí, Karima Buyaid, y la crisis con Marruecos.

    A una decisión mal adoptada siguió, en una cadena de desaciertos, una decisión peor ejecutada, con una operación clandestina para acoger, mediante pasaporte diplomático falso a nombre de un embajador retirado llamado Mohamed Benbatouche, a una persona acusada de genocidio, torturas y terrorismo, saltándose lo dispuesto en el Reglamento (UE) 2016/399, de 9 de marzo de 2016. Un Reglamento, también conocido como “Código Schengen”, que establece las normas que rigen las inspecciones en las fronteras exteriores de la Unión y las condiciones de entrada en el espacio del mismo nombre, y que, precisamente por ser un reglamento, es de obligado cumplimiento. ¿Acaso no sabía ésto Arancha González Laya cuando, sin cuestionarse la decisión que le transmitieron, montó sin más esta operación?

    Siendo esto grave, que lo es, son todavía más grave las declaraciones efectuadas por Arancha González Laya en sede judicial ante el juez del Juzgado de Instrucción número 7 de Zaragoza, Rafael Lasala, con el respaldo de una cada vez más irreconocible Abogacía del Estado, representada en esta ocasión por María del Mar González Bella. Acogiéndose a un acuerdo de Consejo de Ministros del 15 de octubre de 2010, manifestó que no podía contestar a las preguntas del juez -que insistía no en quién entró, sino en cómo lo hizo- porque si lo hacía “desnudaría nuestra política exterior”. Con esta respuesta, propia de lo que Stanley Migram llama personalidad agéntica, que sigue ciegamente las órdenes recibidas, se ajusten o no a la legalidad, lo que consiguió fue justamente lo contrario de lo que pretendía evitar: desnudar nuestra política exterior.

    15 oct 2021 / 01:00
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