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La discreta matanza de las mujeres

Cuando Sócrates dijo “sólo sé que no sé nada”, no quería decir que no se tuviese que intentar aprender algo, y mucho menos que hubiese que hacer gala de ser un ignorante. Sin embargo, parece haberse convertido en moda el exhibir la limitada inteligencia y la escasez de conocimientos, intentando parecer inteligente creando palabras. Es necesario crear neologismos, pero debe hacerse según algunas reglas. Tenemos la palabra homicidio, derivada del latín y que designa la muerte de una persona, sea cual sea su sexo, porque homo en latín quiere decir humano (hombre se dice vir y mujer mulier). No se puede crear la palabra hetericidio, pero si hay algunas otras que sirven para nombrar determinados tipos de muertes en concreto: parricidio es la muerte del padre, y de los parientes en general; matricidio, de la madre; infanticidio la de los niños, y genocidio la de un grupo determinado, ya sea religioso, nacional o racial. Es necesario también acuñar una nueva palabra: ginecocidio, porque a lo largo de la historia la muerte y la violencia contra las mujeres han tenido unas características propias.

Para los antiguos griegos las mujeres eran una raza diferente, se las llamaba génos gynaikon, estirpe, raza o tribu de las mujeres, diríamos intentando traducir la expresión. En la religión griega hombres y dioses son hermanos, porque son hijos de la diosa primigenia Gea, la Tierra, que los había dado a luz sin necesidad de sexo. Pueblos como el ateniense se consideraban autóctonos, lo que quiere decir exactamente eso. Y en las utopías religiosas y filosóficas los hombres nacen de las rocas o de los árboles. Los hombres aspiraban a reproducirse sin mujeres, y un reflejo de ello es que en la familia solo se tiene en cuenta la filiación por el lado masculino.

Dioses y hombres vivían felices en la Edad de Oro, en la que no existían ni la muerte ni las enfermedades, ni era necesario trabajar, porque todo crecía espontáneamente. La situación cambió cuando Prometeo, un dios que era el cabecilla de los hombres, quiso engañar a Zeus en el reparto de un buey sacrificado para un festín. Fracasó y Zeus en castigo quitó el fuego a los hombres, a lo que Prometeo respondió robándolo. Como castigo a ambas fechorías Zeus creó a la primera mujer, Pandora, la llamada Eva griega. Los dioses la hicieron artesanalmente con una apariencia atractiva y seductora, y con “corazón de perro” y consiguieron entregársela a los hombres a través de Epimeteo, el hermano “tonto” de Prometeo, al que era fácil engañar. Con Pandora llegaron la muerte y la enfermedad, el trabajo y la escasez y el sexo y la reproducción sexual, a la vez que se ponía fin a la Edad de Oro, esa especie de Paraíso griego.

Es muy curioso que la primera obra maestra de la literatura occidental comience con una disputa entre Aquiles y el caudillo Agamenón debida a que éste le arrebata a Briseida, una esclava que le había correspondido en el reparto de un botín, que incluía mujeres, ganado y objetos de valor. La guerra para los griegos es el mundo en el que los héroes alcanzan la gloria muriendo en el combate. A las mujeres les correspondían las lágrimas. Si las mujeres interrumpían los funerales militares con excesivas muestras de dolor por la muerte de sus padres, maridos o hijos, eran castigadas prohibiéndoles su fiesta propia, las Thesmophorías, en las que las casadas abandonaban a sus maridos por tres días, y formaban una comunidad femenina aparte.

En las religiones del libro, judaísmo, cristianismo e islam, Dios creó a Adán, literalmente el hombre, con sus manos y a su propia imagen para que viviese feliz en el Paraíso y posteriormente creó a Eva a partir de su costilla para que no estuviese solo. No para tener hijos ni sexo con ella. Fue la rebelión de Eva contra Dios, queriendo saber tanto como él, la que trajo al mundo la muerte y la enfermedad, el trabajo y la escasez, y el sexo y la reproducción sexual. La comunidad utópica fue también, pues, la del hombre y Dios; las mujeres y sus descendientes, su estirpe, son un añadido posterior, asociado a todo tipo de males y a la desgracia a la humanidad.

El cristianismo introdujo un gran cambio. Para judíos y musulmanes solo hay un Dios, que es a la vez padre y con el que los hombres no pueden intentar asimilarse. Pero el cristianismo introduce un cambio: Dios tiene un hijo que nace no solo de Dios, sino de una mujer humana, de forma virginal, y que es a la vez hombre. Piénsese lo que se piense de la religión, está claro que si Jesús, que es plenamente Dios, nació de una mujer, la mujer no puede ser despreciada teológicamente. Que esa mujer engendrase virginalmente era necesario, porque de lo contrario Jesús sería solo un hombre, hijo de un hombre y una mujer. En la actualidad la virginidad se considera de un modo negativo, pero en la Antigüedad era la única forma de no tener hijos desde la adolescencia y de no estar bajo el dominio de un marido, que era a la vez el tutor, cuando no el déspota de su mujer.

En el cristianismo primitivo nacieron comunidades exclusivas de mujeres que llevaban una vida en común y tenían su propia jerarquía. Fueron posibles porque solían vivir en la casa de una mujer rica, que era viuda y había recibido la herencia del marido, lo que era posible en el derecho romano, pero no en el griego. Esas hermandades de mujeres están ahora siendo estudiadas y reivindicadas por historiadoras feministas, porque en ellas también había una visión propia de la religión. Muchos autores importantes, como san Jerónimo, expusieron parte de su ideas en cartas escritas a mujeres de estas comunidades, imposibles en el judaísmo y el islam.

Los hombres han sido y son violentos con las mujeres en la guerra, de la que son sus víctimas, en el sexo y en el trabajo. Sexo y guerra estuvieron asociados con el reparto de mujeres en el botín y con la prostitución, un servicio regular para los soldados, organizado por las legiones romanas, el imperialismo colonial europeo en la India o África, y por los ejércitos europeos, que si no lo organizaban de hecho creaban los espacios para que se practicase.

La relación de la prostituta y su cliente es muy compleja. El cliente se siente atraído por la mujer. Si esa mujer le es accesible el cliente debería estarle agradecido, pero no es así, porque sabe que es accesible porque le cobra, a él o a otros. Y por eso, a la vez que la desea, la desprecia, e incluso la odia y puede desear ser violento con ella. La prostituta no desea al cliente, pero lo finge, y lo desprecia y lo odia, porque la somete con su dinero. Ella sabe además que también la desprecia y la domina, y por eso considera a los hombres básicamente como animales con pene. El conjunto de entrevistas, recogidas por Nickie Roberts: The Front Line. Women in the Sex Industry Speak (Grafton Books, 1986) dejan esto muy claro. En la voz de esas mujeres podemos comprobar como la industria del sexo no es en realidad sexo, sino dominación, explotación y, en definitiva, violación sistematizada.

Los hombres desean y odian a las mujeres, a la vez que las temen. Los psicoanalistas creen que lo hacen para escapar de la figura de la madre controladora. Es muy curioso ver en el Malleus Maleficarum (1485), ese manual para juzgar y quemar brujas, que por cierto nunca fue aprobado por la Iglesia, cómo dos frailes, Sprenger y Kramer, acusan a las brujas de robar los genitales masculinos mediante la magia y criar a esos llamados “pollos” en unos nidos, dándoles de comer granos. Esas aves genitales pertenecían, por lo general, a clérigos, y los inquisidores intentaban que revelasen su paradero para devolvérselos al interesado. Esto es todo un delirio, pero que refleja muy bien el miedo y el desprecio a esas pobres mujeres ignorantes a las que acusaban también de practicar sexo con el Diablo.

Es toda esta mezcla de violencia, odio, desprecio, explotación y lujuria lo que estamos viendo ahora en algunos países, y más en concreto en Afganistán. Allí va a tener lugar otro nuevo ginecocidio de 16 millones de mujeres, que serán apartadas de los trabajos cualificados, pero no de las duras labores del campo y el hogar, que serán obligadas a casarse en la adolescencia y a criar, o a perder, a sus hijos en medio de la pobreza y la violencia. Y a las que se negará el derecho a expresarse, a tener una vida intelectual o artística de casi ningún tipo, a controlar su futuro y su destino, y a poder conocerse a sí mismas, a sus cuerpos y vivir en armonía con las demás mujeres y con los hombres que no sean despreciables. Se las castigará físicamente, incluso se las ejecutará, siempre por supuestos delitos en relación con su cuerpo y el sexo. No pueden enseñar su cuerpo, y sobre todo su cabello.

La literatura árabe cifraba la belleza externa de las mujeres en sus ojos. En Afganistán ya ni siquiera será en ellos donde pueda verse su expresión. Los ojos casi vendados son el último baluarte que las dejará en silencio. Un silencio que será consentido por un Occidente que vio alteradas sus vacaciones por la victoria de los talibanes ¡en pleno mes de agosto!, el mismo en el que cayeron las bombas en Hiroshima y Nagasaki, y en el que, parece ser, que lo correcto es estar en la playa.

19 sep 2021 / 01:00
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