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La economía nacional

Fue el gran filósofo alemán J.G. Fichte uno de los mayores creadores de la teoría de las naciones. En el año 1806 pronunció en el Berlín ocupado por las tropas napoleónicas sus famosos Discursos a la nación alemana, en los que definió a las naciones como el conjunto de una serie de elementos fuertemente interrelacionados entre sí. Se daba la paradoja de que, por aquel entonces, Alemania no era en modo alguno una nación, sino la suma de dos grandes reinos, Prusia y Baviera, unida a un conglomerado de otros muchos más pequeños que, sumados a ciudades libres, principados y condados sumaban más de cien entidades políticas superpuestas.

Según Fichte, para que exista una nación debe haber, en primer lugar, un pueblo, que posea una lengua propia y que haya conservado su identidad a lo largo de los siglos, o mejor dicho, desde los inicios de la historia hasta el presente. Este sería el caso de los germanos, cuya lengua habría nacido en la prehistoria, no llegando a ser contaminada por el latín, como les ocurrió a las de todos los pueblos conquistados por Roma, y que se habría conservado en su estado más puro como un tesoro cultural en la lengua de los campesinos.

En 1804 más del 80% de la población alemana era rural, y aunque hablaba diferentes dialectos, todos pertenecían a la misma familia, de tal manera que un suabo, por ejemplo, podría comprender perfectamente a un bávaro o un sajón, aunque no hablase su dialecto. Esa lengua además habría logrado su normalización gramatical gracias a la traducción que Lutero había hecho a ella de la Biblia, que pasaría a ser el libro más importante para cualquier familia alemana.

Pero ese pueblo y su lengua, conservados en el transcurso de los siglos, no podría ser una nación si no tuviesen una tierra. Esa tierra, denominada Boden, estaría unida de modo indisoluble con la sangre, Blut, y por eso cada pueblo podía también ser definido como una raza, que se definiría más por sus caracteres morales y espirituales, por sus instituciones, sus costumbres y su folklore, o cultura oral, que por unos caracteres somáticos determinados, como los que luego intentó consagrar el nazismo con su ideal del ario rubio. Ese pueblo que vive enraizado en un territorio posee una patria, Heimat, y sus miembros son tan solidarios que sus vínculos solo se podrían expresar con metáforas de parentesco, cargadas de honda emotividad.

Mi patria es mi madre. Me ha trasmitido mi sangre, y mis compatriotas son mis hermanos. Entrar en mi patria cruzando por la fuerza sus fronteras es violarla, como si fuese una mujer - dicho sea de paso, las violaciones cometidas por los soldados eran muy frecuentes en las guerras de aquel entonces. El suelo de mi patria es parte de mí mismo, porque tiene un paisaje característico, por sus bosques, sus campos, sus ríos, sus costas, y está dotado además de una flora y una fauna características. Mis conciudadanos, que son básicamente campesinos – en la Alemania de entonces lógicamente eso era así- son quienes han sabido cuidar, explotar y mantener vivo ese paisaje siglo tras siglo.

La unión del pueblo y la tierra se encarna en las labores agropecuarias, con sus técnicas que permiten crear utensilios y herramientas para el trabajo de campo, pero también para la construcción de las casas, de toda clase de objetos: tejidos, cerámica, y medios de transporte. Gracias a todos ellos nuestra comunidad nacional ha vivido secularmente en armonía y equilibro con su medio.

La relación de los pueblos con su medio natural se lleva a cabo mediante la economía, y por eso J.G. Fichte desarrolló en otro de sus libros, El estado comercial cerrado, la teoría de la economía nacional. Da la impresión de que lo más parecido a un campesino es otro campesino, y a un pescador otro pescador. Y lo mismo podríamos decir de los artesanos de todo tipo.

Pero en este nuevo pensamiento nacionalista eso no es así porque el pueblo y la nación son un todo orgánico. Es como si los olores y los sabores del vino del Rin o del pan de Westfalia, o de los arenques del mar Báltico no tuviesen nada que ver con los de los demás vinos, panes y pescados. Está claro que esto es en parte verdad, y escritores de ésta época, como Goethe, hablaban de su idealizada Italia como “el país donde florece el limonero”, y no dejaban de insistir en que el clima y la luz de cada país es lo que creaba pueblos diferentes.

Nuestros fuertes vínculos con nuestro país, región, o incluso ciudad o aldea, son muy difíciles de definir, porque sentimos que esos lugares somos nosotros mismos. Es cierto, pero elevar ese sentimiento a teoría económica es muy poco riguroso. Está claro que mi patria y mi tierra soy yo mismo, que todo lo que hay en ella, personas, animales, plantas, montañas, valles y ríos, también es parte de mí. Pero pasar, como así se hizo, a hablar del “bosque germánico”, de las razas animales alemanas, o de la flora de la patria puede conducir a algún tipo de aberración.

Los olmos, los robles y las vides no hablan ningún idioma, ni tampoco lo hacen los caballos españoles, ni los cerdos celtas. Podemos intentar conservar los bosques de nuestro país o nuestras razas autóctonas de gallinas, por ejemplo, unas aves cuyos tipos pueden ser muy diferentes en cada país o región. Así nacieron la agronomía como ciencia, y los estudios zoológicos de todo tipo, e incluso toda una auténtica ciencia del paisaje, como es la geografía humana. Pero la geografía, que es en realidad la ecología propia de cada cultura, tiene su propia lógica, que hace que relieves, climas, ríos, tapices vegetales y cabañas ganaderas similares generen pueblos que tienen mucho en común, porque todos viven con los pies en la tierra de la misma manera.

La geografía se asoció a la nación, por ejemplo, cuando la forma de un mapa escolar pasó a ser para un niño un símbolo similar a la bandera, y no la representación de un territorio. Esa forma geométrica pasó a ser equivalente a la identidad nacional, y esa identidad se asoció con la integridad cuando Fichte defendió el estado comercial cerrado. O lo que es lo mismo, la autarquía económica, por la que cada país debe ser autosuficiente, e intentar no exportar ni importar casi nada. No se debe importar casi nada porque al hacerlo pagamos con nuestra moneda, que es otro símbolo nacional, y eso es como si nos absorbiesen nuestra sangre.

No hay nada peor para esta teoría nacionalista que el comercio exterior. Porque el comercio es cosmopolita, y en él cada mercancía busca su lugar, venga de donde venga, guiada solo por la oferta y la demanda. El comercio exterior es una amenaza para nuestra economía y para nuestra identidad nacional. Por eso se deben limitar o prohibir los viajes al extranjero, como luego harían muchos regímenes autoritarios, llevados por esta idea.

El viajero y el visitante son una amenaza para nuestra identidad porque son diferentes, traen ideas y costumbres distintas, y por eso pueden llegar a corromper nuestra tradición y nuestra moral nacional. La España de la posguerra –enfrentada permanentemente al mundo y sus conjuras de todo tipo - fue un lamentable ejemplo en esto, y en otras muchas cosas; llegando al ridículo, si su realidad no hubiese sido trágica, al querer compensar la miseria y la arbitrariedad con una supuesta superioridad moral, en el que la mayor parte de la gente, callada a la fuerza y resignada, no creía.

Nuestro mundo actual está globalizado ecológicamente, económicamente, y también social y estratégicamente. El cambio climático nos hace ver cada día que vivimos en un solo planeta con una única atmósfera. El consumo de energía y la quema de combustibles fósiles forman parte de un mercado global, y ese mercado está estrechamente unido, por las cifras que maneja, a los grandes sistemas bancarios y financieros internacionales, en los que los capitales de los países del golfo Pérsico son fundamentales.

Pero no solo el sistema bancario y monetario es ya único, gracias a, o por culpa de, la digitalización de los mercados, sino que la producción industrial forma un sistema global, en el que, por ejemplo, el cierre del Canal de Suez por un accidente provoca una crisis global debida a la escasez de suministros de origen chino. Esa economía financiera y productiva global hace que hoy sea casi inviable una larga guerra, como lo fue la II Guerra Mundial, que fue un enfrentamiento entre grandes sistemas industriales, en el que el ganador fue el norteamericano.

Si las guerras clásicas, estrechamente unidas a las naciones, no parecen viables, si las economías cerradas tampoco lo son, y si, al final, la unidad del planeta y la especie, puesta de manifiesto con el COVID-19, es lo que acaba por imponerse, ¿no habría que comenzar por dudar de la existencia de las economías nacionales? ¿Y pensar que la lengua, la cultura, la riqueza, la salud y la violencia van cada una por su lado?

29 ago 2021 / 01:00
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