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La escalera de Escher

    EN 1960, Maurits Escher, inspirándose en Lionel Penrose, ilustró una de sus litografías más famosas, Ascending and Descending, con una escalera bidimensional que sube y baja de forma infinita e imposible al mismo tiempo, independientemente del sentido en que se recorra; unos monjes ascienden y descienden por ella en una tarea rutinaria que parece no tener fin, mientras que otros, ajenos a ello, se cuestionan el por qué. Unos años antes, en 1953, en otra de sus obras, Relativity, que en cierto modo prefigura la anterior, Escher mostró unos personajes, una plazoleta y múltiples centros de gravedad, en un complejo diseño arquitectónico; los personajes, procedentes de distintos mundos, cada uno en el centro de gravedad asignado, son incapaces de andar sobre el mismo suelo, o de estar sentados o de pie, por no coincidir las ideas que tienen de lo que es horizontal o vertical.

    Si la importancia artística de la obra de Escher es evidente, no lo es menos, a mi juicio, su importancia política, por las metáforas que encierra, y que pueden ser aplicables a distintas realidades, entre ellas la nuestra. En la primera de las litografías mencionadas, Escher desarrolla unas imágenes que, por su proximidad, parece como si las hubiera grabado pensando en una situación como la que vivimos ahora. Por una parte, la actividad de los monjes que suben y bajan la escalera en un incesante ritornelo se asemeja a la del Gobierno, que hace y deshace, dice y se desdice, gobierna y desgobierna, siendo la pandemia uno de los ejemplos más claros de esta contradicción interminable. Y, por otra, la de los que meditan sobre su destino se parece a la de las escasas voces críticas existentes, descalificadas en cuanto se atreven a discrepar de las oficiales.

    La instrumentalización de partidos políticos, centrales sindicales y entidades patronales, e incluso, más obscenamente si cabe, de algunas organizaciones internacionales, como el Consejo de Europa o las Naciones Unidas, con vistas a revestir de un aparente consenso la tensión creada por la concesión de los indultos, ha contribuido a rebajar el tono crítico existente en determinados medios, aunque no, por fortuna, a hacerlo desaparecer. Esta gradual concentración de poder prosigue ahora con la prevista Ley de Seguridad Nacional, y los poderes que en este contexto parecen querer arrogarse el presidente del Gobierno y su jefe de gabinete. Esto me recuerda el libro de Arantxa Tirado, El lawfare. Golpes de Estado en nombre de la Ley, en el que ésta define el término lawfare como “el uso interesado de la ley para combatir a un adversario político que supone un problema para el establishment”.

    A diferencia de lo sucedido con la gestión de la pandemia, en la firme y decidida apuesta por la concentración de poder no hay en cambio contradicción alguna, aunque para su desarrollo y consolidación se tenga que recurrir a apoyos parlamentarios constitucionalmente dudosos, así como a una opinión pública que, en respuesta a los llamamientos del ministro de universidades y de la ministra de trabajo, tiende mayoritariamente a la mediocridad y huye mayoritariamente de la excelencia.

    Uno y otra coincidieron recientemente, en efecto, en una similar exaltación de la ignorancia, al mostrar en sus respectivos ámbitos de actuación un claro rechazo a cualquier formación de élite, confirmando así, en palabras de Paul Klugman, que “la preferencia se concede a los incompetentes, y a menudo a los escandalosamente incompetentes”.

    En la segunda de las litografías, Escher refleja la incomunicación entre los personajes que la componen, una incomunicación que es consecuencia de su incapacidad para llegar a acuerdos básicos sobre cuestiones tan elementales como son en su caso los conceptos de qué es horizontal y qué es vertical.

    Pues bien, con una incomunicación parecida nos encontramos aquí, al resultar imposible, por la polarización existente, políticas de Estado que generen consensos públicos en educación, defensa, justicia o política exterior, y permitan dar una imagen de claridad, estabilidad y continuidad. En su lugar, tenemos políticas de Gobierno que, por contraposición a las de Estado, se caracterizan por su parcialidad, rigidez e inestabilidad y, en última instancia, por una grave y preocupante falta de visión y de liderazgo.

    11 jul 2021 / 01:00
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