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La guerra de un hombre

    HACE unos días, el pasado martes, el ministro de Exteriores en una espléndida conferencia en la Universidad Pontificia Comillas de Madrid aseveraba que esta era la guerra de Putin, la guerra de un solo hombre. Una guerra que tachó de injusta, ilegal.

    Sorprende que al tiempo que las bombas siguen cayendo, que cuando ya se empieza a hablar sin tapujos de crímenes de guerra, de la devastación de los ataques y sobre todo, cómo se está asesinando a población civil, al tiempo corren paralelas diversas mesas de diálogo o de negociaciones. Negociaciones que transcurren paralelamente a ese vómito de sangre y destrucción tan cruento y devastador que están sufriendo los ucranianos.

    Sí, contenemos todos la respiración para que los diques de esta guerra caprichosa de un solo hombre sin razón ni justificación, ilegítima e inmoral, no se desborden y acaben en una escalada bélica aún peor y más mortífera. Todos sabemos y somos conscientes que la mecha puede prenderse en cualquier momento y las consecuencias serían y serán irreparables.

    Pero lejos de alarmismos, ausente sin embargo el atenazamiento que solo el miedo provoca y paraliza, la respuesta de las democracias europeas, aún ayudando a Ucrania no es del todo suficiente.

    De acuerdo que nadie va a admitir no acelerar ingreso alguno en la Unión a Kiev y a otros países de la vieja ex órbita soviética y el pan-nacionalismo exacerbado del actual Kremlin. Que es legítimo armar defensiva y ofensivamente a un pueblo que está siendo invadido y atropellado.

    Y sin embargo los complejos y viejos demonios europeos se reactivan con vetustos eslóganes trasnochados y trufados de retóricas vacías que tanto daño hicieron. Los ismos son todos perversos per se.

    Estamos inmersos en una nueva era, distinta a la anterior, radicalmente diferente y donde los conceptos de legalidad internacional han transmutado súbitamente. El consejo de seguridad de la ONU ya no representa la realidad y está fuera de juego con sus contrafuertes y vetos. Los actores han cambiado. Y los intereses geoestratégicos también lo han hecho.

    Europa despierta y sabe que ya no puede seguir coqueteando con la cobardía del silencio y el negocio económico de la especulación. Las bambalinas se caen. Necesitamos cambiar. Un nueva definición o redefinición de nuestro papel, de nuestra energía, de nuestro ejército, de nuestros propios y exclusivos intereses sin esperar a que ninguna relación trasatlántica siga siendo el paraguas bajo el que trasteamos y huimos sin comprometernos.

    La guerra de un solo hombre provocará que muchas cosas cambien aunque solo estamos al comienzo del principio. Lástima que todo termine para miles de ucranianos que lo pagan con su vida mientras nuestros miedos nos impiden ir más allá.

    23 mar 2022 / 01:00
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