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La mentira del ‘welcome’

    TRES niños de menos de diez años hacen una hoguera para calentarse. Llevan años sin ir al colegio. Mientras, sus padres o algún familiar hacen colas de varias horas para esperar algún alimento que, en muchas ocasiones, llega en un estado poco apto para la salud. Algunos tienen, al menos, la suerte de beneficiarse de algún proyecto de cooperación que les proporciona ropa seca o algún juguete.

    Organizaciones como Médicos sin Fronteras han denunciado en alguna ocasión el aumento de los intentos de suicidio entre los menores. La coordinadora de la organización definió la situación con una palabra que resume todo: infierno.

    Hablamos de Moria, en la isla griega de Lesbos, donde viven hacinados unos 13.000 solicitantes de asilo, muy por encima de la capacidad máxima para 3.000 personas. Ha llegado a tener 20.000. Hace unos días, en el campo de refugiados más grande de Europa se truncó aun más su ya de por sí tortuosa situación como solicitantes de asilo víctimas de los acuerdos internacionales firmados al abrigo de un despacho. Las llamas arrasaron una zona que, para muchos de sus habitantes, es todavía peor que la situación vivida en los países de los que huyen, como Afganistán o Siria.

    Moria, en suelo europeo, es (era) el escenario que
    reflejaba a la perfección la agonía lenta a la espera de una solución de los refu-
    giados bajo el paraguas del pacto migratorio firmado por la UE y Turquía hace cuatro años, sin un acuer-
    do comunitario sobre asilo
    y migración.

    ¿Recuerdan los miles de carteles que vimos en di-
    ferentes países europeos hace unos años, con el lema
    Refugees Welcome, inclui-
    das plazas como la Cibeles de Madrid?

    Bien, España de momento no ha comunicado su intención de acoger a ningún refugiado de Lesbos pese a la petición de comunidades como la Generalitat Valenciana o el País Vasco de hacerlo. Alemania, a la cabeza, se ha ofrecido a acoger a miles de ellos. Países Bajos a 100.

    Aunque la situación no es comparable a la vivida en Moria, en España no estamos libres de vergüenzas. Hace pocas semanas saltaba a la luz la situación de varios inmigrantes recién llegados al puerto canario de Arguineguín. El colapso de la nave industrial a la que suelen ser trasladados llevó a que durmiesen varias noches al raso, sobre el asfalto y tapados con un irrisoria manta.

    Que España es uno de
    los países que más presión migratoria vive es una rea-
    lidad, como también lo son los reiterados compromi-
    sos con la acogida de refugiados tantas veces escuchados en diferentes comparecencias de prensa.

    Trece mil personas en
    Moria han perdido todo lo que tienen que, en su caso, era ya de por sí una miseria. La situación en los campos de refugiados, particularmente en el de Moria, no ha sido una sorpresa para nadie. Europa lleva años varada en un pacto sellado con Turquía por 6.000 millones de euros que, claramente, no funciona, con una política migratoria que se parece más al juego de la patata caliente que al compromiso con los derechos humanos.

    16 sep 2020 / 23:38
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