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La pasión del tenor Zapata

    CREO que hay pocas cosas más divertidas que entrevistar al tenor Zapata. O a Zapata Tenor, como a menudo le llaman. Leerlo tampoco es moco de pavo. Su libro, ‘Música para la vida’, que acaba de publicar Planeta, supone un goce infinito, por el derroche de ironía y humor, por un lado, pero, por otro, por la emoción que desprende en muchas de sus líneas.

    Hablé con él durante un buen rato y descubrí al personaje que en los últimos años se hizo famoso por iniciativas como ‘From Bach to Radiohead’ o el ‘Concierto para Zapata y orquesta’. En todo lo que hace hay un punto de humor, pero, sobre todo, hay un punto de normalidad. Si de algo abomina Zapata es de la solemnidad, por más que pueda estar asociada a la ópera. Él está decidido a que en este país la gente pueda dedicarse a la música y estudiarla, sin necesidad de tener gran capacidad económica para hacerlo.

    En su libro se queja amargamente de que los sistemas educativos no profundicen en la música. Él mismo, de familia humilde, tuvo que luchar para poder dedicarse a su verdadero sueño. Me dice que tuvo suerte, la lista de agradecimientos es inmensa, pero en su libro cuenta con detalle los viajes a Madrid desde Granada, la mayoría gratis gracias a un autobús que llevaba a japoneses de una ciudad a otra, para poder acudir a la Escuela de Canto. “La cultura del esfuerzo es importante” explica, “pero es necesario que haya un mayor acceso a la música en los programas de enseñanza”.

    Ahora dedica muchas horas a acercarla a la gente, imparte conferencias donde explica que la vida sin música es, decididamente, mucho peor. Rememora el niño que fue. Cantaba todo el repertorio de Perales. No se le caen los anillos por ‘esa otra música’. “Sólo hay dos, la buena y la mala”. Admite que su vida se ha ido construyendo a través de cantantes y músicos de todo tipo: en Nueva York, explica, vibró mucho más viendo ‘Billy Elliot’ que contemplando una ópera de Verdi. “Son cosas diferentes, eso también es cierto”, dice.

    José Manuel Zapata creció con gran esfuerzo en la excelencia musical. Valencia, Madrid, Granada, también Nueva York, y otros lugares, conocieron su entusiasmo, y, aunque dice que ahora se lo toma todo más relajadamente, lo cierto es que ahí sigue, animando a la gente a hacer de la música un ingrediente fundamental de su vida.

    Atrás quedan años en los que se desplegó por el mundo, cargado de reconocimiento. La Opera House de Nueva York, el Liceo, el Teatro Real, la Ópera de Berlín, el Massimo de Palermo, el Theater an der Wien, son algunos de esos lugares que le lanzaron a lo más alto. Por supuesto, sigue muy en activo. Pero nada en él sugiere que haya que triunfar a toda costa, porque el éxito y el fracaso son dos caras de la vida, y esas dos caras siempre van a estar ahí. Las cosas son así.

    Sus mayores elogios van para Pavarotti. “El mejor, sin duda, fue el mejor”. Lo escucha cada día, como cada día escucha a Bach. Es para ser feliz. Los tres tenores, dos vivos y uno, Luciano, ya desaparecido, le parecen una herencia maravillosa, pero otros van surgiendo, quizás aún no con la misma fuerza. Le gustaría que la mujer tuviera el papel mucho más relevante en la música clásica, en la dirección, por ejemplo, donde es casi simbólico. Hablamos con nostalgia del gran Fernando Argenta, y de ‘El Conciertazo’, de TVE. “Habría que hacer algo así”, le digo. “Tú lo harías muy bien”. “Que me llamen”, responde entre risas. “Me presento allí ahora mismo”. Zapata, él sí, genio y figura.

    09 mar 2021 / 01:00
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