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La soberbia de Iglesias

    TANTO Albert Rivera como Pablo Iglesias vieron muy cerca el asalto a los cielos, para luego, cual estrellas del firmamento, desaparecer fugazmente. Seguramente tuvieron aciertos, y hasta buena intención, pero les pudo la soberbia, al creerse más y mejores que el resto, y sobreestimar su juventud. Por un lado, qué duda cabe que les honra haberse apartado en el momento en que vieron cómo su falta de acierto perjudicaba a las formaciones políticas que representaban. La despedida más reciente, la de Pablo Iglesias, se venía fraguando en las semanas previas a los comicios madrileños, por lo que también es comprensible que muchos votantes con una ideología afín hayan optado por depositar su confianza en la candidata de Más Madrid, quien, además, había demostrado un firme y efectivo papel en su tarea de oposición en la Comunidad madrileña.

    Se presentó el líder de la formación morada la noche electoral como un “chivo expiatorio”, y, ciertamente, ha sido objeto de burlas, críticas exacerbadas e incluso escraches, siempre injustificables. El problema ha estado en que ni él ni su formación condenaron nunca explícitamente tales comportamientos, llegando a alentarlos cuando afectaban a sus adversarios políticos, motivo por el cual sus circunstancias no suscitaban la debida empatía. Intentó enfrentar a la ciudadanía evocando tiempos pasados. Y también decepcionó a sus seguidores el contraste entre su tono moralizante, su altivez pseudointelectual, y su desidia mientras formó parte del Gobierno de coalición.

    Se autoproclamó representante de las clases trabajadoras, pero su situación personal no reflejaba precisamente austeridad. También optó por señalar agresivamente la corrupción en otras formaciones, al tiempo que trascendían casos judicializados en su propio partido. Esa soberbia le acompañó hasta el final, cuando pretendió liderar la oposición a Ayuso, proponiéndose como candidato de una confluencia con Más Madrid que la formación hermana y ahora verde, obviamente, no podía ni debía aceptar, so pena de anular el esfuerzo reciente de su candidata, Mónica García. Ésas no son formas, ni demuestran respeto por una mujer cuya labor ni Gabilondo ni Isa Serra habían llevado a cabo con semejante grado de compromiso.

    Pablo Iglesias se va, no sin antes haber descabezado a todos cuantos osaron hacerle sombra o cuestionar sus decisiones en el seno de su propio partido. Ahí comenzaron los verdaderos problemas de Podemos, cuando las luchas intestinas en Madrid, pero también en Andalucía, e incluso en Galicia, dejaban boquiabierta a una ciudadanía que, a buen seguro, esperaba la consolidación de una formación que quizá aspiraba a ser democrática y coral, pero nunca el feudo privado de un autoproclamado superhombre. Ahora se va, mas no sin antes hacer un último alarde de poder y soberbia, intentando imponer como nueva lideresa de su formación a Ione Belarra, y hasta como candidata a la Moncloa a Yolanda Díaz, quien, si bien nadie duda de su talante y capacidad de trabajo, ni pertenece oficialmente a la formación morada ni ha sido elegida todavía por sus bases.

    09 may 2021 / 01:00
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