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Lectura de una derrota

    LA DERROTA de Calviño como candidata a presidir el Eurogrupo no sólo ha sido una sorpresa para los que la consideraban ganadora de antemano, sino también para el que a la postre ha resultado victorioso, el irlandés Donohoe. Según las crónicas, ni siquiera tenía muy claro presentarse. Pero lo cierto es que muchas enseñanzas y algunas conclusiones se derivan de esta derrota. Por un lado, el impacto psicológico para España (sinceramente, no creo que afecte a Calviño dentro del ejecutivo), un impacto que sucede a algún que otro revés en las contiendas europeístas, donde a duras penas logramos hacernos con puestos de decisión. Y ello a pesar de que el Eurogrupo no deja de ser, ‘strictu sensu’, un club informal, aunque influyente, en cuestiones económicas. Por eso era importante estar ahí. Y más, en la coyuntura actual, en la batalla explícita por la reconstrucción.

    Resulta evidente, por tanto, que, aunque “estas cosas pasan”, como dijo ayer la ministra en una entrevista radiofónica, el resultado produce cierta frustración, deja a la economía española, una de las más amenazadas tras la crisis del coronavirus, según los informes mundiales, en una situación de debilidad representativa, enquistando una falta de equilibrio en la presencia institucional europea, especialmente si consideramos el tamaño del estado. Los equilibrios han cambiado, efectivamente, y el resultado de esta votación, en la que España partía con el apoyo de las primeras economías de la zona, demuestra que ya ni siquiera esos apoyos son suficientes. Hay un fuerte debate, reticencias obvias a la hora de apoyar las ayudas a la reconstrucción, y una polémica incluso ideológica que produce confusión entre los bloques políticos. Merkel, sin ir más lejos, apoyaba a Calviño. De hecho, parece que alguien se echó atrás, pues la ministra asegura que contaba con diez votos favorables. ¿Por qué alguien decidió cambiar el sentido de su voto?

    La derrota de Calviño es negativa para España, pero algunos creen que juega en contra también de una Unión Europea más armonizada, especialmente por ese 80 por ciento de peso económico que reúnen los países que han perdido la apuesta del Eurogrupo. Una vez más se atisba una división. Esta es quizás la peor noticia: que la Europa unida y fuerte que los ciudadanos demandan, a la luz de los acontecimientos globales, y con la progresiva retirada de Estados Unidos de la primera línea, envíe de pronto un mensaje de debilidad, o, aún peor, de cierta impredecibilidad. Las luchas entre las economías grandes y pequeñas deberían servir para armonizar, no para dividir ni para frenar el desarrollo de la Unión en momentos tan inestables.

    La lectura final de este asunto pasa, sin duda, por aceptar que Europa, por su diversidad, pero también por los múltiples intereses, tiene ahora mismo una gobernación difícil. Pero nadie dijo que fuera fácil: nunca lo ha sido. Menos, claro, en tiempos de tribulación. Irlanda, además, tiene ahora un peso mayor en el área Atlántica, tras la salida del Reino Unido, y debe profundizar en su implicación en el proyecto europeo, especialmente en la economía. Muchos intelectuales irlandeses mostraron desde el principio el apoyo a Europa y criticaron con dureza el regreso de los británicos a viejas posturas localistas.

    10 jul 2020 / 23:59
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