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Leer en pandemia

    DICEN que una de las pocas cosas que ha traído la pandemia es el aumento de los índices de lectura. Me lo dicen mis amigas y amigos libreros, que son todos unos lectores excelentes y concienzudos. También me lo dicen los editores, que habitualmente se quejan de nuestros hábitos lectores, supongo que no si razón, pero que, en los últimos tiempos, admiten que las cosas parecen haber mejorado un poco. En fin, buenas noticias.

    Me alegraría aún más si eso supusiera una mejora de nuestra sociedad contemporánea, a la que, por supuesto, pertenezco, y a la que juzgo (tal vez estoy equivocado) un tanto confusa y desorientada. Hay motivos: crisis económicas, políticas, y la pandemia que nos vino a visitar. Si la lectura ha aumentado eso podría significar una mejora de nuestra educación, donde la lectura tendría que ser vertebral. También empezaríamos a leer la realidad con ojos más críticos, por más que algunos crean que la ficción es perfectamente inútil. No deberíamos infravalorar nunca la utilidad de lo inútil.

    Leer te prepara para la vida (y quizás para la muerte). Y te ayuda a comprender lo que pasa alrededor, aunque te pueda parecer más atrevido que el argumento de muchos libros. La literatura, decía Umbral, es sorpresa. Pero ahora estamos más acostumbrados a que la realidad sea la sorpresa. Eso sí: sin belleza. Sin la emoción de la palaba inteligente, sino, más bien, desde lo elemental y superfluo. La lectura debería ayudarnos a despreciar las lecturas simplistas que nos ofrecen, como si no fuéramos capaces de entender nada más.

    ¿Qué ha llevado a que los índices de lectura aumentaran con la pandemia? Algunos dicen que la introspección. La intimidad. El confinamiento. Y otros dicen que el miedo. O el aburrimiento de una sociedad que ya sólo podía ver el mundo a través de la televisión: ¡pero en la televisión estaban echando la pandemia a todas horas, y con todos los datos, uno a uno, en ese bucle perfecto! Es decir: la lectura habrá servido como huida, como viaje, y está muy bien que así sea. Se cumple de esta forma la misión del libro infantil: hacer que vuele la imaginación. No era una metáfora, después de todo.

    También es verdad que se ha hablado de este aumento de los índices de lectura con cierta extrañeza. La cultura, ya lo saben, es siempre un poco sospechosa. Nos parece de perlas que la gente se pirre por las series de televisión, aunque algunas sean infumables, repetitivas y prescindibles (bueno, muchos libros también). Pero las series alcanzaron una edad de oro duradera, con tanta plataforma y con ese aire internacional. Llegaron a ser una moda visual (menos hoy, quizás) y hasta el cine se rindió a sus pies. Cuando se habla de que hemos vuelto a la lectura, se nos mira, en cambio, con cierta desconfianza, con ojos de incredulidad. No nos subestimen tanto.

    Yo quiero creérmelo. Entramos en la semana del Día del Libro, por si no se habían percatado. No soy mucho de ‘días de algo’, como ya he explicado, pero este me parece fundamental. Pronto las ferias, con sus precauciones, empezarán a inundar los parques y las calles de nuestras ciudades, y entonces comprobaremos que, quizás, la pandemia nos ha traído un redescubrimiento de la literatura, nos ha devuelto cierta pausa (la necesitamos), ese gusto por el libro (¿de papel? ¡Sí, por qué no!), ese merodear con descaro más allá del ruido mediático y de la sobredosis de realidad con la que nos alimentan. Así empezará el Renacimiento que ha de venir para salvarnos.

    19 abr 2021 / 01:00
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