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Leyes, restricciones y jóvenes

    YA anunciamos semanas atrás que sólo había que esperar unos días para que los hospitales y las UCI volvieran a saturarse, por mucho que ciertas autoridades dijeran que la COVID-19 ahora era menos peligrosa por la edad de la población infectada. Se sabía porque los jóvenes contagian a los no tan jóvenes, y porque muchos de ellos corren el riesgo del agravamiento de la enfermedad, cuando no de secuelas que ya se van evidenciando.

    También los expertos en leyes y en salud pública advirtieron por activa y por pasiva al Gobierno sobre la necesidad de una Ley de Sanidad o de fundamentos jurídicos que le permitieran a nuestro país combatir la pandemia y tomar decisiones legalmente viables para ir capeando las distintas olas. No se hizo, pese a haber transcurrido más de un año y a que incluso podrían haber emulado a Galicia, donde sí se actualizó una Ley de Salud que acaba de ser avalada por el Tribunal Constitucional, que sólo ha puesto objeciones a la obligatoriedad de vacunarse.

    Entretanto, en España nuestros gobernantes cuestionan decisiones judiciales, pese a saber que en democracia ningún poder debe excederse en sus funciones. En consecuencia, se deja en manos de los Tribunales Superiores de Justicia las decisiones que van tomando las CC.AA., cuando, amparados por una Norma apropiada, nuestros expertos en salud podrían ser quienes decidieran científica y libremente qué medidas implementar en cada momento.

    Pues nada; ni siquiera desea el Gobierno retomar el uso obligatorio de las mascarillas en espacios abiertos, pese a que sería una medida de prevención muy oportuna frente a la quinta ola. Asimismo, se fía a la madurez de la población la salida de la pandemia, cuando ahora está en manos de los más jóvenes y, en consecuencia, menos maduros. Jóvenes a quienes, por cierto, se les trasladó un mensaje excesivamente triunfalista sobre el fin de la crisis sanitaria.

    La conclusión es obvia: si antes no se contagiaban los jóvenes era porque estaban bien protegidos en los colegios y en las universidades. Ahora no queda más remedio que seguir teniendo cuidado, portando la mascarilla, guardando las distancias, y controlando el ocio incluso al aire libre. Si no temen por su salud o la de los suyos, imaginamos que al menos la economía de sus familias y su propio futuro laboral sí les importarán.

    Porque si bien su derecho a divertirse es importante, su calidad de vida dependerá de una situación económica que variará dependiendo de cómo y cuándo venzamos al SARS-Cov-2. Así pues, motivos para seguir con las precauciones sobran, pues la solución no está en la compraventa de test de antígenos, ni siquiera en el ritmo de vacunación. Otros jóvenes de edades parecidas están haciendo lo correcto en Europa. No sé por qué los españoles no somos capaces de hacerlo (tam)bién.

    26 jul 2021 / 01:00
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