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Los caminos de la vida

No está pasando nuestro presidente Feijóo sus mejores días por culpa de la vieja dama de la guadaña, que esta vez visitó sus despachos y le tocó muy cerca, casi se podría decir que dentro de su propia familia, al llevarse con ella y para siempre a su amigo y fiel conselleiro Valeriano. Es la vida, no hace falta ahondar más en este tema fúnebre, porque la muerte en los misterios inescrutables que la encierran ya lleva implícita toda la profundidad a la que el ser humano es capaz de llegar. Es la muerte, de la que en aquella famosa canción de Cesáreo Gabaráin que entonaban los coros infantiles de las iglesias católicas se decía que “no es el final del camino”, pero para no serlo, se le parece bastante.

Anda triste Feijóo estos días y se ve que añora tanto a su fiel amigo y conselleiro Valeriano que no sería disparatado especular si le ronda o no por su cabeza el dar por finalizado al término de esta legislatura el camino que lo condujo a la Presidencia de la Xunta, que es un camino más mundano que aquel otro del que nos habla Gabaráin en sus melodías y sí tiene un final definitivo, sin posibilidad alguna de acogerse a la enmienda religiosa que lo alargaría, al menos, en una dimensión espiritual y jubilosa.

Todos tenemos una ruta en la vida y si Feijóo sabía que antes de 2024 tenía que decidir hacia dónde guiarla, porque los años apremian, ahora sabe también que cuatro legislaturas pesan menos que la ausencia de su amigo y fiel consellerio Valeriano, con el que ya no podrá contar más si decidiese continuar la travesía hacia la nueva década al timón de ese gran barco que porta la bandera de San Caetano.

Os camiños da vida es una de las obras más destacadas de uno de nuestros patriarcas, Ramón Otero Pedrayo, un fresco de lo que fuimos y en lo que devenimos, de lectura muy recomendable para todos los públicos. Una pena que no fuese nunca llevada al cine, podría tener un éxito similar al de Gigante, esa foto de la profunda transformación de Texas, que en pocos años pasó de ser un estado ganadero a otro industrial y petrolero. Claro que nosotros, aquí, no contamos ni con un Rock Hudson ni con una Elizabeth Taylor ni con un James Dean para protagonizarla, pero tenemos a un Feijóo estelar y a buenos secundarios, como Ana Pontón y Gonzalo Caballero. Igual no dan para una película clásica, o sí, pero qué espectáculo son capaces de ofrecer los tres cuando el Parlamento se viste de solemnidad y ellos desgranan desde la tribuna sus discursos irreconciliables. Tres caminos, tres vidas y un destino que no a todos les podrá sonreír.

No hace tanto, eran otros los nombres que correteaban por los mismos escaños del palacio legislativo de O Hórreo y en el futuro también serán otros los que allí la armen, porque así es el discurrir de la vida, unos se van antes y otros después pero a fin de cuentas no se quedará nadie en este valle para algunos de lágrima fácil y emocionada y para otros, también; pues todo el mundo se pone tierno como el membrillo cuando el destino le busca los puntos débiles. Hasta los más rudos e impasibles, ya lo gritaba Siniestro entre acordes eléctricos bajo el tenue estío del parque de Castrelos: “Esos hombres que parecen visigodos, mucho músculo, poco cerebro, y luego lloran como todos”.

En su ya larga senda parlamentaria, Feijóo vio partir a demasiados antagonistas mientras a él lo acusaban de buscar continuamente una vía ferroviaria que lo trasladase a Madrid. A esa plaza saltó Yolanda Díaz, que disfruta en la capital del sueño dorado que le auguraba al presidente gallego. Cómo la adulaban todos el día de la Hispanidad, mientras abucheaban a Sánchez. Iván Redondo hasta la aclama “presidenta, presidenta” y Feijóo, sin embargo, rehuyó ir a esa fiesta.

15 oct 2021 / 01:59
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