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Los escaparates

    MÁS allá de la discusión interesada y provocada por apagar las luces de los escaparates haría bien todo gobierno, estatal, autonómico y local en preocuparse, de verdad, por la dificilísima situación por la que atraviesan cientos de miles de autónomos de un lado a otro de este país. Más allá de la demagogia plantéese usted ciudadano cada vez que pasea por las calles de su ciudad o pueblo en las decenas y decenas de tiendas y pequeñas comercios que han cerrado, se traspasan, liquidan o simplemente, un día como cualquier otro, han cerrado definitivamente sus persianas y pechado con sus deudas.

    El pequeño comercio ha encadenado dos crisis económicas colosales. El consumo ha cambiado de hábitos y costumbres, desde lo online, in crescendo vertiginosamente y sobre todo desde la pandemia como las grandes cadenas y centros comerciales. No han resistido o han sido capaces de resistir y salvo algunas ayudas postpandemias, en cierto modo amplias, el agua no llega. Es un río desmadejado de aguantar y resistir a toda costa, con un sistema de seguridad social y jubilación pírrico, sin bajas, y con unas pensiones que distan mucho de alcanzar una dignidad mínima. Por mucho que se han hecho en los dos últimos años algunas reformas. Dos millones de autónomas aguantan, aguantan y aguantan mientras el estrangulamiento de la economía y la recesión apuntan a la vuelta del verano y los concursos de acreedores algo prácticamente inalcanzable para los autónomos espera con su soga liquidatoria, toda vez que el convenio es una quimera.

    Esta es una realidad que no se quiere ver pero que el ciudadano apenas percibe. Detrás de una tienda, de un pequeño comercio vive o trata de vivir una familia entera y en ocasiones empleados. Esa sí es la realidad que los escaparates también esconden y no se ven, porque las luces solo tratan de mostrar lo más hermoso que ofrece en el mercado, en el consumo, un comercio.

    Pero no, la fijación es apagar luces, y no tanto contrarrestar el inmenso zarpazo que ha supuesto la subida de esa misma luz. Por muchas políticas que se hagan desde comercio y las instituciones, el pulso, el latido solo lo sienten quiénes perciben como el tren ha pasado a galope sin detenerse. Tristes tiempos y futuro aciago. Nada cambia en este lampedusiano país de cartón piedra, insensible y obstinado en superficialidades y liviandades. Que no nos cuenten relatos e ínfulas maniqueas de mentiras y medias verdades. Detrás de un mostrador había esperanza, ahora sufrimiento algunas veces, rabia incontenida y mucha resignación.

    10 ago 2022 / 00:19
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