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Los males del neolenguaje

    EL LENGUAJE creador que construye la realidad ha sido reducido a elementos manipulables, mensajes maniqueos y pueriles, con la ayuda inestimable de las redes sociales, porque la complejidad lingüística no interesa a muchos dirigentes contemporáneos. Han descubierto que, en medio del vértigo de esta sociedad, la audiencia (creen que somos audiencia porque todos miramos sin cesar las pantallas donde la supuesta realidad se representa) se conformará con escuchar y corear simplezas que funcionan como eslóganes deportivos, sin entrar en análisis más profundos. Las élites intelectuales, tal y como las llaman, son despreciadas, porque se consideran grupos privilegiados que han hecho de la complejidad semántica un artefacto de poder que aleja a la masa del conocimiento necesario para modelar el mundo.

    El lenguaje es el constructor de la realidad, el mediador necesario, y su depauperación, censura o manipulación suponen un deliberado intento de simplificar la comprensión del mundo, para así ejercer un dominio elemental, directo y sin matices, que pueda librarse del pensamiento crítico. Más allá de los componentes de espiritualidad de la filosofía de Walter Benjamín, y del origen verbal de la realidad, que se hace corpórea y carnal al ser pronunciada por un ente superior, la calidad creadora de nuestra vida depende de la participación colectiva, de la reflexión común, no de la prescripción mesiánica de nuevas elites que sustituyen a las antiguas, y que se arrogan el poder omnímodo de identificar la verdad.

    En efecto, la capacidad reflexiva y la búsqueda del consenso están siendo reemplazados por cierto lenguaje político que abomina de lo complejo para arrebatarnos la capacidad crítica, creando la falsa imagen de un mundo elemental donde no cabe la discusión, pues, según ese neolenguaje, las verdades son básicas y absolutas, vienen de serie y esperan ser aceptadas por ruidosa aclamación, y están construidas a la manera de eslóganes, mimetizándose con la publicidad, aprovechándose de que, en este mundo vertiginoso, no hay tiempo para reflexionar, como no lo hay para preparar un guiso lento. Pero no hay cuidado, que ya otros lo harán por ti.

    Como dice Emilio Lledó, lo importante es crear espacio para pensar, lo importante es la libertad intelectual y creadora. Estamos cayendo en la aceptación de posturas intolerantes globales, trazadas desde la propaganda, desde el libreto ultraconservador de Bannon a lo que Noam Chomsky y otros han calificado como síntomas de cierto “progresismo dogmático”. Como Lledó dice también, “el Alzheimer colectivo es todavía mucho peor que el Alzheimer individual”. La filosofía estableció desde Sócrates y Platón la importancia del diálogo y de la construcción colectiva del pensamiento, y a eso hay que volver. A la fuerza de las opiniones elaboradas con los otros, no contra los otros. Hay un engaño, una impostura, en la agresividad dialéctica alimentada desde el falso maniqueísmo, lo que acaba derivando en inacción y autoritarismo, en la imposición de un lenguaje incapaz de construir libertad que pone en peligro la verdadera naturaleza de las sociedades democráticas.

    21 nov 2020 / 20:25
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