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Mentiras y medias verdades

    NO cabe duda de que los políticos parecen hechos de una pasta especial. Por un lado, se les presupone un deseo de ser servidores públicos; aunque cada vez vemos más ejemplos de quienes, una vez en el poder, se aprovechan de su estatus para adaptar lo público a su servicio. Resulta lastimoso comprobar cómo quienes criticaban en otras formaciones comportamientos erráticos y hasta un exceso de emolumentos, cuando tienen ocasión de imitarlos, se escudan en que, si los demás lo hacen o los reciben, por qué ellos no van a beneficiarse en igual medida una vez asumen el cargo. Ejemplos de esta cínica y generalizada práctica los conocemos todos.

    Más difícil se antoja el arte de dominar la mentira o las verdades a medias en debates, entrevistas y mítines. La facilidad para desdecirse, contradecirse, e incluso evitar contestar, cuando no exagerar, no pasa inadvertida ni al espectador más despistado. Los comicios electorales se prestan a un inquietante análisis del discurso de unos y otras; y la campaña electoral en la Comunidad de Madrid nos está proporcionando renovados ejemplos de piruetas lingüísticas de candidatas y candidatos que adquieren protagonismo al tiempo que degeneran y decepcionan. Así, los que antes proponían subidas de impuestos, ahora prometen no tocarlos; y si habían señalado el peligro de pactar con ciertas personas, ahora los convierten en aliados, incluso antes de saber si tendrán la posibilidad de formar gobierno.

    Luego están las promesas que, como sabemos, resultarán imposibles de cumplir a corto plazo; porque invertir en sanidad, educación, servicios públicos y ayudas directas, regala nuestros oídos, sobre todo el de los madrileños; pero esos propósitos y planes tan loables deberían ir acompañados de una dotación económica, y de un presupuesto específico cuyo origen, de momento, resulta desconocido. Dependiendo de la zona o de los barrios que visiten (algunos de los cuales consideran sus feudos), trasladan propuestas ad hoc, como la promesa a los transexuales de puestos de trabajo públicos garantizados por ley, la lucha contra la “pobreza menstrual”, la oferta de menús vegetarianos, o la apertura de centros de atención primaria con servicio veinticuatro horas (eso sí, sin explicar cómo ni cuándo los reformarán para que sean lugares seguros y libres de COVID).

    Algunos incluso flirtean, con habilidad y superficialidad, sobre temas espinosos y delicados, como las subidas de impuestos, el posible cierre de la hostelería, el futuro del hospital Zendal, o las políticas educativas; no vaya a ser que se dejen votos por el camino si son más explícitos o clarificadores a la hora de desarrollar sus postulados. En todo caso, tanto las promesas imposibles, como las astutas evasivas, resultan menos nocivas para el ciudadano que la agresividad que conlleva llamar organización criminal a un partido político, insinuar que el fascismo se ha infiltrado en la policía, demonizar a los menas, insultar e intentar silenciar a periodistas incómodos, cuestionar nuestra democracia pretendiendo incluso involucrar a la Corona, o intentar dividir a la sociedad hasta en tiempos de pandemia y recesión económica. Una pena.

    02 may 2021 / 01:00
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